viernes, junio 02, 2017

A La Deriva.




Debimos haberle hecho caso a la señora que nos rentó el bote, cuando nos advirtió no ir más allá de la línea que trazaban las rocas que funcionaban como un muelle natural, porque la corriente era caprichosa y nos llevaría a cualquier lado. Sin embargo, nos adentramos en el mar y remamos por turnos hasta que no dimos más de cansancio y nos echamos una pequeña siesta y al despertarnos era de noche y la costa parecía demasiado lejos y lo estaba, así que remamos de vuelta, pero no sabíamos decir si avanzábamos o la corriente nos estaba devolviendo mar adentro, así que decidimos navegar en paralelo, vigilando las luces que estaban a nuestra derecha hasta que se apagó la última y nadie sabía guiarse por las estrellas, lo que no tenía sentido tampoco, porque el cielo estaba encapotado y apenas veíamos nuestros propios rostros y comenzó a soplar el viento, pero como estábamos en un bote a remos, no teníamos una vela, porque sí sabíamos que cerca de la costa el viento sopla hacia tierra, pero esa información no nos servía de nada porque nuestro bote era a remos y, como dije, no tenía vela. Pensamos incluso en usar nuestra ropa como vela, amarrándola a uno de los remos, pero convinimos en que eso era realmente estúpido, pues nuestras ropas no eran lo suficientemente grandes como para abarcar el área que necesita abarcar una vela decente y, además, porque ya hacía mucho frío y era lo único que teníamos para cubrirnos, así que descartamos esa muy mala idea y tratamos de pensar en otra cosa para orientarnos y pasó mucho tiempo en el que sólo tuvimos malas ideas hasta que se nos ocurrió que dejáramos que el bote fuera arrastrado por la marea, lo que básicamente era lo que estábamos haciendo todo ese tiempo en el que tratábamos de hallar una solución a nuestro problema, y que, sin embargo no nos estaba llevando a ningún lugar o al menos no había ocurrido nada que nos permitiera darnos cuenta de aquello. Así que nos quedamos allí, en silencio, acostumbrados ya a la oscuridad y siendo capaces de distinguir nuestras formas. El silencio era más bien una necesidad porque el mar y el viento creaban un ruido blanco que nos obligaba a gritar para comunicarnos las estúpidas ideas que estábamos teniendo. Entonces nos quedamos callados a ver si se nos ocurría algo que realmente fuera útil, pero tuvimos que volver a hablar, a gritar, en realidad, cuando una fuerza ajena a nosotros, o interna, no estoy seguro, nos remeció y yo que estaba en la popa del bote casi me fui de bruces pero alcancé a afirmarme del tablón que hacía las veces de asiento. El remezón fue producto de lo que se conoce como la inercia, esa fuerza, según la cual, cuando un cuerpo en movimiento es súbitamente detenido, tiende a seguir en la misma trayectoria recta que llevaba inicialmente. Y así fue como fuimos súbitamente detenidos por la playa donde habíamos encallado, pero para nosotros, en nuestras circunstancias, encallar era una cosa buena, no nos importó la violencia con la que nos trató la ley física ya descrita, ya que al menos sabíamos que nuestro deambular oceánico había terminado en una playa a los pies de un acantilado, según descubrimos más tarde, y de donde ahora teníamos que salir de alguna manera. Echamos el ancla en la arena, porque el bote tenía una pequeña ancla y pensamos que si la tenía era porque servía para algo, además, según pudimos notar luego de un rato al tocar con nuestras manos la arena y sentirla más o menos seca, estábamos en el límite de la marea alta, por lo que no había forma de que el bote fuera arrastrado hacia adentro producto de la entrada de agua en la costa. Luego caminamos, cada uno hacia una dirección opuesta, yo hacia el sur y él hacia el norte, cosa que era fácil de deducir pues el mar se encontraba en el oeste, y quedamos en que luego de ciento veinticinco pasos largos, que son algo así como una cuadra, nos devolveríamos ciento veinticinco pasos largos para encontrarnos de nuevo y hablar sobre lo que habíamos encontrado para poder tomar una decisión sobre lo que haríamos a continuación. Quedamos, también, en que en el paso sesenta y dos y medio, la mitad de ciento veinticinco, caminaríamos en forma perpendicular hacía el lado contrario al mar para tratar de ver si es que había alguna forma de salir del acantilado junto al cual nos encontrábamos, luego volveríamos al lugar del paso sesenta y dos y medio donde habríamos dejado una gran marca en la arena y si no la encontrábamos tendríamos que caminar un poco hacia el sur o hacia el norte hasta encontrarla, en caso de que al caminar perpendicularmente nos hubiéramos desviado un poco producto de la desorientación que produce la oscuridad o del cansancio o una mezcla de ambas. Así que nos pusimos en marcha, cada uno en la dirección acordada y apenas le di la espalda ya no lo vi más porque la oscuridad lo consumió, tal como seguramente debió consumirme a mí desde su punto de vista. Si bien era noche cerrada podía distinguir la espuma de las olas a mi derecha así que trazaba la línea recta de mis pasos de modo tal que no se toparan con el agua que iba y veía. Caminé tratando de no perder la cuenta de mis pasos porque me distraigo con facilidad, así que inventé un método para no perder la cuenta. Al dar mis primeros pasos noté que algo se crujía bajo mis pies, pues resultó que eran pequeñas conchitas y ahí se me ocurrió recogerlas y llevarlas en la mano, así, por cada diez pasos metía una conchita en mi bolsillo derecho. Cuando llegué a la conchita número seis, que metí religiosamente en mi bolsillo derecho, casi en un ademán que había adquirido con las otras cinco, di dos pasos largos y uno más corto he hice una marca en la arena con la punta del pie. Una equis que cortaba en cuarenta y cinco grados la línea que iban formando mis pasos. Desde el centro del ángulo recto que de la equis que se abría hacia el acantilado, tracé una recta que la dividía en otros cuarenta y cinco grados y comencé a caminar hacia el borde del mismo. Avanzaba arrastrando los pies para marcar una línea con la que guiarme de vuelta y no desviarme del lugar donde había señalado el paso número sesenta y dos y medio. Cuando llegué al borde del farallón, lo único que podía ver era una gran pared de piedra que se alzaba hasta la oscuridad del firmamento y nada que indicara que era posible escalarla sin riesgo. Avancé tanteando la pared treinta pasos hacia el norte y luego sesenta hacia el sur y luego treinta hacia el norte, sin éxito. Esa, definitivamente, no era la salida. Volví a la gran equis que había marcado en el paso sesenta y dos y medio y reanudé mi marcha, según lo acordado, y metiendo una conchita en mi bolsillo derecho cada diez pasos. Cuando llegué al paso ciento veinticinco hice el mismo ejercicio que en el paso sesenta y dos y medio, incluidos los treinta pasos hacia el norte y luego sesenta hacia el sur y luego treinta hacia el norte, pero esta vez, en el paso veintitrés hacia el norte, una salida en la piedra, donde había empotrado el pasamanos de una escalera casi tallada en la piedra, me devolvió la esperanza de que no estábamos tan perdidos y que algo de civilización había en el lugar el que habíamos ido a parar. Comencé a subir, y a unos diez metros de altura, es decir, casi el veinticinco por ciento de lo que después descubriríamos era el total aproximado del muro de piedra, donde una loza de concreto reiniciaba la escalera pero en la dirección opuesta a la que venía, decidí que lo mejor era devolverme, tal como habíamos quedado, para relatar mi experiencia. Desandé mis pasos hasta el punto de encuentro. Él ya había llegado y me esperaba sentado en la arena, a unos cinco metros del bote, justo frente a su proa. No me oyó venir hasta que estuve justo a su lado. Me pareció incluso que dormitaba. Me contó que no había encontrado nada, aunque yo pensaba que no había sido lo suficientemente meticuloso, pero, sin embargo, como ya había encontrado una solución, creí que lo mejor era no echárselo en cara. Luego le conté sobre lo que había hallado y nos pusimos en marcha hasta la escalera. Mis marcas en la arena aún estaban ahí. De hecho, al volver, había arrastrado nuevamente los pies para ir formando una gruesa línea para guiarnos. Al llegar a la escalera, comenzamos a subir. Tenía una vuelta en ciento ochenta grados, en un pequeño descanso, cada diez metros, según calculamos. Eran tres, por eso la suma hasta la cima, nos dio cuarenta metros aproximadamente. Al emerger de la escalera nos encontramos en un lugar que parecía un caserío abandonado, aunque la verdad es que efectivamente era un caserío, un condominio, para ser exactos, pero no estaba abandonado, sino que por ser invierno, sus propietarios no venían tan a menudo como en otras épocas. Caminamos por lo que parecía una calle principal hasta que dimos con un portón. A esas alturas ya algo veíamos, pues las luces del camino costero alumbraban a lo lejos y sus emisiones luminiscentes alcanzaban levemente nuestros pasos. Cuando se nos acabó el camino, comenzamos a buscar la salida. Había una pequeña reja de madera, pero estaba con llave. Miré mi reloj y marcaba las dos y treinta y ocho minutos de la madrugada. Miramos en derredor por si había alguna luz que nos indicara si la persona que cuidaba el lugar estaba por ahí, incluso, tomando cada uno una dirección diferente, fuimos en su búsqueda, pero nada. Salvo las luces del camino, no había algo que nos diera una señal de alguien que pudiera ayudarnos. Al encontrarnos nuevamente frente al portón, consideramos nuestras opciones y la ganadora fue saltar la reja de madera de unos dos metros de alto, que, aparte de algunas puntas de hierro, no parecía ofrecer mayores dificultades para escalarla, al menos desde dentro, la cual era nuestra situación. Primero subí yo. Apoyé el pie izquierdo en la caja de la cerradura de sobreponer, me así de los fierros con púas y me impulsé con el pie derecho, el que dejé suspendido mientras me impulsaba nuevamente, pero esta vez con el derecho, para saltar atléticamente hacia el otro lado, donde caí con ambos pies. Incluso quedé con los brazos en alto, como en una salida olímpica que hasta el más severo de los jueces me hubiera dado un nueve coma cinco, al menos. Él hizo lo mismo, pero con menos elegancia, en mi opinión, pues aterrizó con el pie derecho primero y al bajar el izquierdo perdió el equilibrio y tuve que tomarlo de un brazo para que no cayera. Miramos el condominio por fuera para ver si lo reconocíamos, también miramos el camino por si alguna señalética nos mostraba donde ir a continuación. Un automóvil pasó a tal velocidad, que no nos dimos cuenta hasta que lo vimos aparecer por una curva y perderse por otra dejando una estela de viento frio tras suyo. Concluimos que venía de algún lado -claro, todos vienen o va a algún lado- y que posiblemente iba de regreso al pueblo, así que avanzamos en la misma dirección. Efectivamente, luego de una media hora de caminata y algunos trechos en absoluta oscuridad, seguramente, el tramo en que perdimos de vista de la línea costera desde el mar, algunas casas tenuemente iluminadas nos indicaron que lo más probable era que íbamos en la dirección correcta. Nos pasaron algunos vehículos más sin detenerse, pero como nosotros íbamos enfrentando el carril contrario estábamos relativamente tranquilos de que si enfrentábamos algún auto que viniese en la dirección contraria, podríamos ponernos a reguardo. Luego de andar aproximadamente una hora, porque cuando pude ver nuevamente mi reloj ya eran las cuatro con doce minutos, llegamos al pueblo. En el camino habíamos resuelto que teníamos que hablar con la señora de los botes para que lo fueran a rescatar, así que fuimos directamente a su casa. Llamamos a la puerta y ella misma salió a atendernos. Nos dio la impresión de que había estado despierta desde siempre, aunque lucía cansada -lo que pudo ser por su edad, a la que se duerme poco, y si además se ha vivido mucho, como parecía haber ocurrido con ella-, pero no se veía enojada con nosotros. De hecho, casi pude notar que suspiraba de alivio. Nos contó que había llamado a la guardia costera hace unas horas y que nos estaban buscando. Así que corrió hacia su negocio, que estaba junto a la casa y donde tenía una radio, para avisar que habíamos aparecido y que estábamos bien. Dijo unas cosas con unas letras, unas cus y unas úes y unas aes y unos números, que nunca supimos qué significaban, luego volvió con nosotros a su casa y nos ofreció café y galletas, lo que aceptamos gustosos. Le indicamos dónde había quedado el bote en un mapa que extendió sobre la mesa. Pudimos darle la ubicación exacta con la medida de los pasos que utilizamos para recorrer la playa y nos dijo que aunque habíamos sido inteligentes al hacer aquello, fuimos muy tontos por no hacerle caso, lo que era muy cierto. Nos despidió tranquilizándonos con que al amanecer mandaría a alguien por el bote. Ofrecimos pagarle por las molestias pero no aceptó, así que agradecimos su buena disposición y nos marchamos de vuelta a nuestra cabaña donde nos esperaban nuestras novias no muy contentas, pero aliviadas de que estuviéramos de regreso. Se abalanzaron sobre nosotros y nos inspeccionaron para ver que no nos faltara nada. Estábamos sucios y malolientes, pero son embargo no dejaban de abrazarnos y besarnos como si hubiéramos sobrevivido a algo terrible. No sabían qué había sido de nosotros aún, pensaban que nos habíamos ido por ahí a beber o por el estilo y que el paseo en bote había sido una excusa para librarnos de ellas por algunas horas, lo que no era cierto, pues el propósito de nuestro viaje, al menos el de mi hermano y mío, era precisamente recorrer la costa en bote, pues papá nos solía llevar a pasear desde que éramos pequeños, y hasta hace no mucho tiempo, sin dejarnos remar ni una sola vez, y como había muerto hace un par de meses, consideramos que hacer lo mismo por cuenta propia era un bonito homenaje a su memoria. Nuestras novias habían pasado la noche en vela, nos sirvieron un trago y escucharon atentas nuestra historia, reprochando nuestra imprudencia cada vez que hacíamos una pausa en el relato, con lo que estábamos de acuerdo, pero hubiera sido peor, en mi opinión, si nos hubieran acompañado. O tal vez no hubiera pasado nada, porque nos habrían obligado a no ir más allá de las rocas, tal como nos dijo la amable señora dueña de los botes, en primer lugar. Luego, cuando ya no hubo nada más que hablar o beber, mi novia y yo nos fuimos a la cama y nos quedamos muy juntos, ella de espaldas y pegada a mí, para que la abrazara por detrás. Nos mantuvimos de ese modo, casi sin movernos, hasta que amaneció. Cuando el sueño me estaba venciendo y mientras contemplaba las doce conchitas que guardé en mi bolsillo y le había dado de regalo a mi novia, las que había dejado en la mesita de noche junto a la cama, la oí susurrar algo, seguramente porque pensaba que yo dormía, al tiempo que sus finos y blancos dedos dibujaban líneas imaginarias entre los pliegues de la sábana. Dijo: “ojalá el mar te hubiera llevado lejos, donde se funde con el cielo, y no tuvieras que habitar justo en el centro de mis tormentas”.



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