Debo haber tenido nueve o diez años la primera vez que oí a mi madre hablar de “Vegetales” pero sin ese gesto que trae consigo el preparar una ensalada. Le pregunté que qué era eso y me contó de aquellas personas que por alguna razón no podrían volver a moverse. Cuando estaba en cama, jugaba a dormirme sin moverme, como un vegetal, y lo encontraba bastante práctico en el sentido de que invariablemente me dormía de lo concentrado que había que estar para lograr esa inmovilidad, sobretodo porque yo de pequeño jamás me podía estar quieto. Crecí entendiendo el significado de la desgracia con la suavidad con la que sólo una madre podría explicarlo. Aprendí de paraplejias, apoplejías, hemiplejías, cuadriplejías, comas, paros cardio-respiratorios, daños hepáticos, accidentes vasculares encefálicos, hemorragias internas, perdidas de masa encefálica, amputaciones, sida, tuberculosis, cáncer, metástasis, y sobre todo, muerte. Miraba con interés las noticias esperando que me sorprendieran con alguna nueva forma de sufrimiento ajeno. Pero de eso ya hace mucho tiempo, ya no tengo diez, ni veinte. Ya soy adulto y lo he superado todo. Soy un hombre feliz. Esas cosas quedaron atrás. Ya no sueño con niños llorando, pero yo a veces soy esos niños. Mi mujer me pregunta por qué lloro y le miento, la mayoría de las veces le digo que me emocionan ciertos gestos suyos, pero siento que ya no me está creyendo.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.


My StumbleUpon Page

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada