jueves, noviembre 16, 2017

T4S



Esperar por una conexión de un vuelo retrasado en la terminal semivacía de un aeropuerto es como un mundo dentro de otro mundo dentro de otro mundo del cual sólo puedes escapar subido en un avión al que le queda demasiado tiempo para llegar y llevarte a casa. 

Matas el tiempo con cosas relativamente entretenidas, las primeras horas, luego de eso, vives la repetición de la repetición de un programa de televisión que apenas te hizo gracia la primera vez. Recorres la terminal de punta a cabo. Primero en las bandas caminadoras y sin prestar mayor atención. 

Luego optas por caminar, lento, buscando qué hacer, cuando inevitablemente te quedas mirando las pantallas de salidas y llegadas a ver si tu vuelo aparece al final de los horarios que muestra, para luego estar atento a su escalada hasta que, cuando esté por llegar al tope, vayas a hacer la fila interminable de gente que no sabes de donde salió para, por fin, abordar. 

Te quedas viendo la pantalla y como sabes que no hay nada que te interese por ahora, lees los otros lugares anotados. Lugares con nombres extraños y otros con nombres familiares que titilan y van cambiando de posición conforme pasa el tiempo. Piensas en que deberías ir a alguno de esos lugares algún día, pero te invade la sensación de saber que lo más probable es que no lo hagas. Porque has armado tu vida de tal manera que casi la has cerrado por fuera. Entonces esos lugares se convierten en una fantasía, pero sabes que, al mismo tiempo, son la realidad de otras personas. Realidades en las que tú no existes ni vas a existir. Tratas en vano de hacer una lista mental de lugares por visitar y vas ordenando las ciudades que has elegido desde las más interesantes a las más prescindibles. 

Pero la constante es la misma. Sabes que no las visitarás. Porque estás atrapado en tu propio cuerpo y sólo puedes ser esa persona y no otra. Y esa persona que eres ha elegido una vida donde viajar se ha convertido un pequeño sueño del que despiertas demasiado pronto. No es que te angustie pasar trescientos cincuenta días en un solo lugar porque no puedes hacer otra cosa, sino el hecho de que ya elegiste una vida que excluye todas las demás posibilidades. 

O tal vez sólo sea miedo de hacer lo que realmente quieres por temor a perder ese lugar que tanto te costó conseguir y que llamas hogar. Piensas que sería genial habitar otros cuerpos y hacer todo lo que quieres sin perder la seguridad de estar en casa. Luego piensas que puede que tomes la decisión y, en seguida, el presentimiento de que no vivas lo suficiente para ver todo lo que quieres ver te acosa como un fantasma y vuelves a tener miedo. Entonces sigues viendo los nombres de ciudades parpadear en la pantalla y no hay una chance de que tu vuelo aparezca pronto, así que sigues tu camino hacia el otro extremo de la terminal y decides quedarte a ver los aviones llegar e irse sin ti a todos esos lugares que imaginas. 

Sientes ganas de fumar, pero no has visto ningún lugar apropiado para hacerlo. No puedes salir y volver sin pasar por policía internacional y el solo hecho de pensarlo te hastía. 

Vas a la máquina de bebidas y compras una coca cola. Das unos cuantos sorbos. Escarbas en tu bolso de mano hasta que das con dos de las pequeñas botellas de whisky que compraste en el duty free. Miras en todas las direcciones, disimuladamente, y sólo por precaución y vacías el contenido de las botellitas. Agitas suavemente el brebaje y ¡voilá! Ya tienes con qué aturdirte hasta que sea la hora del vuelo. El sol estival desciende lentamente tras unas colinas, sientes que la luz te baña de dorado, pero ni aún así te sientes un poco especial. Eso dura poco, y el brillo del sol comienza a dar paso a la penumbra que invade todo lo que ves. 

Sigues inmóvil lo que parecen horas y los aviones no paran de ir y venir. El tiempo se mide distinto en ese lugar. Los relojes convencionales no sirven. Los números que ves en las pantallas indicando las llegadas y salidas son meramente referenciales. Tratas de dormir y maldices al puto genio que diseñó los asientos del aeropuerto de manera tal que sea imposible coger una posición decente para descansar, así que eliges el suelo. Junto a la ventana. Con el bolso por almohada y un poste metálico por respaldo. Has acabado tu bebida, pero el sueño no viene. Ni el hambre. Ni nada. Le das vuelta a eso de habitar en otros cuerpos que hagan cosas por ti y caes en cuenta de lo absurdo de la idea, ya que si lo piensas, tendrías que dividir tu consciencia y convertirte en un ente colectivo y, por más que nos esforcemos, las sensaciones son algo físico intransmisible. Las experiencias se filtran en los cuerpos y salen hechos algo inexorable. Y concluyes que si tu idea fuera posible, podrías tener mil sensaciones distintas, pero no entenderías ninguna, porque apenas puedes con las tuyas propias.




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viernes, junio 02, 2017

A La Deriva.




Debimos haberle hecho caso a la señora que nos rentó el bote, cuando nos advirtió no ir más allá de la línea que trazaban las rocas que funcionaban como un muelle natural, porque la corriente era caprichosa y nos llevaría a cualquier lado. Sin embargo, nos adentramos en el mar y remamos por turnos hasta que no dimos más de cansancio y nos echamos una pequeña siesta y al despertarnos era de noche y la costa parecía demasiado lejos y lo estaba, así que remamos de vuelta, pero no sabíamos decir si avanzábamos o la corriente nos estaba devolviendo mar adentro, así que decidimos navegar en paralelo, vigilando las luces que estaban a nuestra derecha hasta que se apagó la última y nadie sabía guiarse por las estrellas, lo que no tenía sentido tampoco, porque el cielo estaba encapotado y apenas veíamos nuestros propios rostros y comenzó a soplar el viento, pero como estábamos en un bote a remos, no teníamos una vela, porque sí sabíamos que cerca de la costa el viento sopla hacia tierra, pero esa información no nos servía de nada porque nuestro bote era a remos y, como dije, no tenía vela. Pensamos incluso en usar nuestra ropa como vela, amarrándola a uno de los remos, pero convinimos en que eso era realmente estúpido, pues nuestras ropas no eran lo suficientemente grandes como para abarcar el área que necesita abarcar una vela decente y, además, porque ya hacía mucho frío y era lo único que teníamos para cubrirnos, así que descartamos esa muy mala idea y tratamos de pensar en otra cosa para orientarnos y pasó mucho tiempo en el que sólo tuvimos malas ideas hasta que se nos ocurrió que dejáramos que el bote fuera arrastrado por la marea, lo que básicamente era lo que estábamos haciendo todo ese tiempo en el que tratábamos de hallar una solución a nuestro problema, y que, sin embargo no nos estaba llevando a ningún lugar o al menos no había ocurrido nada que nos permitiera darnos cuenta de aquello. Así que nos quedamos allí, en silencio, acostumbrados ya a la oscuridad y siendo capaces de distinguir nuestras formas. El silencio era más bien una necesidad porque el mar y el viento creaban un ruido blanco que nos obligaba a gritar para comunicarnos las estúpidas ideas que estábamos teniendo. Entonces nos quedamos callados a ver si se nos ocurría algo que realmente fuera útil, pero tuvimos que volver a hablar, a gritar, en realidad, cuando una fuerza ajena a nosotros, o interna, no estoy seguro, nos remeció y yo que estaba en la popa del bote casi me fui de bruces pero alcancé a afirmarme del tablón que hacía las veces de asiento. El remezón fue producto de lo que se conoce como la inercia, esa fuerza, según la cual, cuando un cuerpo en movimiento es súbitamente detenido, tiende a seguir en la misma trayectoria recta que llevaba inicialmente. Y así fue como fuimos súbitamente detenidos por la playa donde habíamos encallado, pero para nosotros, en nuestras circunstancias, encallar era una cosa buena, no nos importó la violencia con la que nos trató la ley física ya descrita, ya que al menos sabíamos que nuestro deambular oceánico había terminado en una playa a los pies de un acantilado, según descubrimos más tarde, y de donde ahora teníamos que salir de alguna manera. Echamos el ancla en la arena, porque el bote tenía una pequeña ancla y pensamos que si la tenía era porque servía para algo, además, según pudimos notar luego de un rato al tocar con nuestras manos la arena y sentirla más o menos seca, estábamos en el límite de la marea alta, por lo que no había forma de que el bote fuera arrastrado hacia adentro producto de la entrada de agua en la costa. Luego caminamos, cada uno hacia una dirección opuesta, yo hacia el sur y él hacia el norte, cosa que era fácil de deducir pues el mar se encontraba en el oeste, y quedamos en que luego de ciento veinticinco pasos largos, que son algo así como una cuadra, nos devolveríamos ciento veinticinco pasos largos para encontrarnos de nuevo y hablar sobre lo que habíamos encontrado para poder tomar una decisión sobre lo que haríamos a continuación. Quedamos, también, en que en el paso sesenta y dos y medio, la mitad de ciento veinticinco, caminaríamos en forma perpendicular hacía el lado contrario al mar para tratar de ver si es que había alguna forma de salir del acantilado junto al cual nos encontrábamos, luego volveríamos al lugar del paso sesenta y dos y medio donde habríamos dejado una gran marca en la arena y si no la encontrábamos tendríamos que caminar un poco hacia el sur o hacia el norte hasta encontrarla, en caso de que al caminar perpendicularmente nos hubiéramos desviado un poco producto de la desorientación que produce la oscuridad o del cansancio o una mezcla de ambas. Así que nos pusimos en marcha, cada uno en la dirección acordada y apenas le di la espalda ya no lo vi más porque la oscuridad lo consumió, tal como seguramente debió consumirme a mí desde su punto de vista. Si bien era noche cerrada podía distinguir la espuma de las olas a mi derecha así que trazaba la línea recta de mis pasos de modo tal que no se toparan con el agua que iba y veía. Caminé tratando de no perder la cuenta de mis pasos porque me distraigo con facilidad, así que inventé un método para no perder la cuenta. Al dar mis primeros pasos noté que algo se crujía bajo mis pies, pues resultó que eran pequeñas conchitas y ahí se me ocurrió recogerlas y llevarlas en la mano, así, por cada diez pasos metía una conchita en mi bolsillo derecho. Cuando llegué a la conchita número seis, que metí religiosamente en mi bolsillo derecho, casi en un ademán que había adquirido con las otras cinco, di dos pasos largos y uno más corto he hice una marca en la arena con la punta del pie. Una equis que cortaba en cuarenta y cinco grados la línea que iban formando mis pasos. Desde el centro del ángulo recto que de la equis que se abría hacia el acantilado, tracé una recta que la dividía en otros cuarenta y cinco grados y comencé a caminar hacia el borde del mismo. Avanzaba arrastrando los pies para marcar una línea con la que guiarme de vuelta y no desviarme del lugar donde había señalado el paso número sesenta y dos y medio. Cuando llegué al borde del farallón, lo único que podía ver era una gran pared de piedra que se alzaba hasta la oscuridad del firmamento y nada que indicara que era posible escalarla sin riesgo. Avancé tanteando la pared treinta pasos hacia el norte y luego sesenta hacia el sur y luego treinta hacia el norte, sin éxito. Esa, definitivamente, no era la salida. Volví a la gran equis que había marcado en el paso sesenta y dos y medio y reanudé mi marcha, según lo acordado, y metiendo una conchita en mi bolsillo derecho cada diez pasos. Cuando llegué al paso ciento veinticinco hice el mismo ejercicio que en el paso sesenta y dos y medio, incluidos los treinta pasos hacia el norte y luego sesenta hacia el sur y luego treinta hacia el norte, pero esta vez, en el paso veintitrés hacia el norte, una salida en la piedra, donde había empotrado el pasamanos de una escalera casi tallada en la piedra, me devolvió la esperanza de que no estábamos tan perdidos y que algo de civilización había en el lugar el que habíamos ido a parar. Comencé a subir, y a unos diez metros de altura, es decir, casi el veinticinco por ciento de lo que después descubriríamos era el total aproximado del muro de piedra, donde una loza de concreto reiniciaba la escalera pero en la dirección opuesta a la que venía, decidí que lo mejor era devolverme, tal como habíamos quedado, para relatar mi experiencia. Desandé mis pasos hasta el punto de encuentro. Él ya había llegado y me esperaba sentado en la arena, a unos cinco metros del bote, justo frente a su proa. No me oyó venir hasta que estuve justo a su lado. Me pareció incluso que dormitaba. Me contó que no había encontrado nada, aunque yo pensaba que no había sido lo suficientemente meticuloso, pero, sin embargo, como ya había encontrado una solución, creí que lo mejor era no echárselo en cara. Luego le conté sobre lo que había hallado y nos pusimos en marcha hasta la escalera. Mis marcas en la arena aún estaban ahí. De hecho, al volver, había arrastrado nuevamente los pies para ir formando una gruesa línea para guiarnos. Al llegar a la escalera, comenzamos a subir. Tenía una vuelta en ciento ochenta grados, en un pequeño descanso, cada diez metros, según calculamos. Eran tres, por eso la suma hasta la cima, nos dio cuarenta metros aproximadamente. Al emerger de la escalera nos encontramos en un lugar que parecía un caserío abandonado, aunque la verdad es que efectivamente era un caserío, un condominio, para ser exactos, pero no estaba abandonado, sino que por ser invierno, sus propietarios no venían tan a menudo como en otras épocas. Caminamos por lo que parecía una calle principal hasta que dimos con un portón. A esas alturas ya algo veíamos, pues las luces del camino costero alumbraban a lo lejos y sus emisiones luminiscentes alcanzaban levemente nuestros pasos. Cuando se nos acabó el camino, comenzamos a buscar la salida. Había una pequeña reja de madera, pero estaba con llave. Miré mi reloj y marcaba las dos y treinta y ocho minutos de la madrugada. Miramos en derredor por si había alguna luz que nos indicara si la persona que cuidaba el lugar estaba por ahí, incluso, tomando cada uno una dirección diferente, fuimos en su búsqueda, pero nada. Salvo las luces del camino, no había algo que nos diera una señal de alguien que pudiera ayudarnos. Al encontrarnos nuevamente frente al portón, consideramos nuestras opciones y la ganadora fue saltar la reja de madera de unos dos metros de alto, que, aparte de algunas puntas de hierro, no parecía ofrecer mayores dificultades para escalarla, al menos desde dentro, la cual era nuestra situación. Primero subí yo. Apoyé el pie izquierdo en la caja de la cerradura de sobreponer, me así de los fierros con púas y me impulsé con el pie derecho, el que dejé suspendido mientras me impulsaba nuevamente, pero esta vez con el derecho, para saltar atléticamente hacia el otro lado, donde caí con ambos pies. Incluso quedé con los brazos en alto, como en una salida olímpica que hasta el más severo de los jueces me hubiera dado un nueve coma cinco, al menos. Él hizo lo mismo, pero con menos elegancia, en mi opinión, pues aterrizó con el pie derecho primero y al bajar el izquierdo perdió el equilibrio y tuve que tomarlo de un brazo para que no cayera. Miramos el condominio por fuera para ver si lo reconocíamos, también miramos el camino por si alguna señalética nos mostraba donde ir a continuación. Un automóvil pasó a tal velocidad, que no nos dimos cuenta hasta que lo vimos aparecer por una curva y perderse por otra dejando una estela de viento frio tras suyo. Concluimos que venía de algún lado -claro, todos vienen o va a algún lado- y que posiblemente iba de regreso al pueblo, así que avanzamos en la misma dirección. Efectivamente, luego de una media hora de caminata y algunos trechos en absoluta oscuridad, seguramente, el tramo en que perdimos de vista de la línea costera desde el mar, algunas casas tenuemente iluminadas nos indicaron que lo más probable era que íbamos en la dirección correcta. Nos pasaron algunos vehículos más sin detenerse, pero como nosotros íbamos enfrentando el carril contrario estábamos relativamente tranquilos de que si enfrentábamos algún auto que viniese en la dirección contraria, podríamos ponernos a reguardo. Luego de andar aproximadamente una hora, porque cuando pude ver nuevamente mi reloj ya eran las cuatro con doce minutos, llegamos al pueblo. En el camino habíamos resuelto que teníamos que hablar con la señora de los botes para que lo fueran a rescatar, así que fuimos directamente a su casa. Llamamos a la puerta y ella misma salió a atendernos. Nos dio la impresión de que había estado despierta desde siempre, aunque lucía cansada -lo que pudo ser por su edad, a la que se duerme poco, y si además se ha vivido mucho, como parecía haber ocurrido con ella-, pero no se veía enojada con nosotros. De hecho, casi pude notar que suspiraba de alivio. Nos contó que había llamado a la guardia costera hace unas horas y que nos estaban buscando. Así que corrió hacia su negocio, que estaba junto a la casa y donde tenía una radio, para avisar que habíamos aparecido y que estábamos bien. Dijo unas cosas con unas letras, unas cus y unas úes y unas aes y unos números, que nunca supimos qué significaban, luego volvió con nosotros a su casa y nos ofreció café y galletas, lo que aceptamos gustosos. Le indicamos dónde había quedado el bote en un mapa que extendió sobre la mesa. Pudimos darle la ubicación exacta con la medida de los pasos que utilizamos para recorrer la playa y nos dijo que aunque habíamos sido inteligentes al hacer aquello, fuimos muy tontos por no hacerle caso, lo que era muy cierto. Nos despidió tranquilizándonos con que al amanecer mandaría a alguien por el bote. Ofrecimos pagarle por las molestias pero no aceptó, así que agradecimos su buena disposición y nos marchamos de vuelta a nuestra cabaña donde nos esperaban nuestras novias no muy contentas, pero aliviadas de que estuviéramos de regreso. Se abalanzaron sobre nosotros y nos inspeccionaron para ver que no nos faltara nada. Estábamos sucios y malolientes, pero son embargo no dejaban de abrazarnos y besarnos como si hubiéramos sobrevivido a algo terrible. No sabían qué había sido de nosotros aún, pensaban que nos habíamos ido por ahí a beber o por el estilo y que el paseo en bote había sido una excusa para librarnos de ellas por algunas horas, lo que no era cierto, pues el propósito de nuestro viaje, al menos el de mi hermano y mío, era precisamente recorrer la costa en bote, pues papá nos solía llevar a pasear desde que éramos pequeños, y hasta hace no mucho tiempo, sin dejarnos remar ni una sola vez, y como había muerto hace un par de meses, consideramos que hacer lo mismo por cuenta propia era un bonito homenaje a su memoria. Nuestras novias habían pasado la noche en vela, nos sirvieron un trago y escucharon atentas nuestra historia, reprochando nuestra imprudencia cada vez que hacíamos una pausa en el relato, con lo que estábamos de acuerdo, pero hubiera sido peor, en mi opinión, si nos hubieran acompañado. O tal vez no hubiera pasado nada, porque nos habrían obligado a no ir más allá de las rocas, tal como nos dijo la amable señora dueña de los botes, en primer lugar. Luego, cuando ya no hubo nada más que hablar o beber, mi novia y yo nos fuimos a la cama y nos quedamos muy juntos, ella de espaldas y pegada a mí, para que la abrazara por detrás. Nos mantuvimos de ese modo, casi sin movernos, hasta que amaneció. Cuando el sueño me estaba venciendo y mientras contemplaba las doce conchitas que guardé en mi bolsillo y le había dado de regalo a mi novia, las que había dejado en la mesita de noche junto a la cama, la oí susurrar algo, seguramente porque pensaba que yo dormía, al tiempo que sus finos y blancos dedos dibujaban líneas imaginarias entre los pliegues de la sábana. Dijo: “ojalá el mar te hubiera llevado lejos, donde se funde con el cielo, y no tuvieras que habitar justo en el centro de mis tormentas”.



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sábado, marzo 05, 2016

Hoy.

Apoya su cabeza en mi hombro
y quiero abrazarla.
No dejarla ir.
Dejar que su perfume
me embriague
como lo ha hecho siempre.
Pero hoy no.
Como ayer tampoco.
El corazón me late
en un impulso ciego de besarla,
pero hoy no.
Como ayer tampoco.
Y me voy a casa
sin nada.
Bueno,
casi nada.
Sólo su perfume,
su calor,
su mirada,
su sueño,
su sonrisa,
su voz,
su silencio
y mis ganas de que sea hoy,
no mañana.

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sábado, febrero 13, 2016

Cazador.



La presa estaba justo frente a mí. No me veía, pero estaba alerta. Se agazapaba en el matorral que era su única protección. No había un tú o yo. Sólo su suerte de que errara mi tiro, un tiro certero desde mi posición.

Me hice cazador porque me cansé de huir. Era yo el perseguido. Siempre en la mira. Escapando, incluso de lo que no me perseguía. Aullaba a la luna por un poco de compañía. Para no morir solo, que seguro iba a pasar. Me rozaban las balas y me herían. Pero nunca pude morir. Porque mi muerte iba a ser la certeza del disparo que buscaba. No quería morir en manos de nadie que no fuera mejor que yo en eso de matar. Por eso me perdí en el bosque.

Vagué años antes de entender que cazar o ser cazado es de lo que se trata la vida. Vivía de lo que encontraba. Bebía lo que había para beber. Y dormía en cualquier lugar. Todo daba lo mismo, porque buscaba matar lo que me habría de matar a mí.

Esa mañana había dejado una nota en mi cabaña. "No volveré si no es para cenar mi destino derrotado". Salí sin cerrar. Dejé atrás todo lo poco que tenía. Me interné en la oscuridad de los árboles y, junto al río, me tendí a esperar. Días. Noches. Y más días. Y más noches. Porque no me iba a rendir.

Una mañana, mi presa quiso beber. Había recorrido su vida hasta el momento en que debía toparse conmigo. Y no me vio. Su final le apuntaba sereno. Como si no le importara.

Le dejé beber. Saciar su sed de semanas. Que sintiera el agua fresca recorrerle hasta que se saciara. Sin prisa. Disfrutando la satisfacción de volver a vivir luego de tanto tiempo caminando.

Cuando llegó el momento, mi dedo en el gatillo no vaciló. El ruido sordo del disparo vació al silencio de su calma. Los pájaros huyeron. Los árboles temblaron. El viento se detuvo un instante.

Entonces vi a la muerte.  Al otro lado. Tan lejos como tangible. Acarició a mi presa que yacía inerte y aún tibia. Contuve la respiración y volví a jalar el gatillo, pero no le di a nada.

La muerte vino hacia mí. Se sentó junto al matorral que me ocultaba y vi sus ojos sin expresión. Fue ahí cuando entendí que nada que deba morir sería mío.

Tú no das la vida, pero la quitas –dijo-. Eso no te convierte en un dios. Sólo eres un pequeño tirano esperando ser tiranizado. Porque de eso se trata la cacería. Pierdes un poco de vida con cada una que tomas. Porque no cazas para vivir, sino para vaciar tu existencia de aquello que hace latir tu corazón. Más te valdría disparar al aire si es que crees que un ángel podría caer muerto a tus pies. Al menos eso sí podría pasar.




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jueves, septiembre 17, 2015

Delicias conyugales.




Habíamos tenido tantas veces la misma discusión que ya la oía sin interés. Habría podido recitar sus argumentos si hubiera querido, pero no quería. Lo que quería era que se callara. Cuando por fin fue mi turno de hablar, si es que en ese monólogo existía tal cosa, me limité a mirarla y a beber de mi copa. Ella exigía una explicación que yo no tenía. Tampoco tenía ganas de esforzarme por encontrarla. Nada iba a cambiar de todas maneras.

Desde mi rincón vi volar los platos. La comida en el suelo. Y sus manos cubriendo su rostro. Nunca pude averiguar si lo que realmente sentía era rabia, porque su ausencia de entusiasmo o su cansancio, no sé, eran para mí un guion malamente ensayado.

Recuerdo haber ido por cosas para limpiar, mientras ella se encerraba en nuestra habitación que, para esos efectos, se convertía en su fortaleza.

Puse la televisión sin volumen y esperé a que viniera el sueño. En mi cabeza giraban ideas incontables, pero todas terminaban con sangre. Apagué el televisor y puse música. Encendí otro cigarro y decidí hacer algo. No en ese momento. Quería pensarlo mejor. Así que decanté mis pensamientos con alcohol hasta que casi me dormí en el sofá.

Cuando espabilé, ya era de madrugada. No hacía frío. Tomé las llaves del auto y salí. Di vueltas por la ciudad buscando algo que no encontré. Hasta que por fin todo pareció encajar. Me acerqué a un cajero automático y saqué todo el dinero que pude. Tiré una moneda y la cara de un prócer de la patria me dijo que fuera hacia el norte. Lo que no me dijo era si debía volver en algún momento.

La carretera se abría para mí como las piernas de mi primer amor. Con facilidad. Con calma. Sonriéndome. Y yo, torpe, sólo pensaba en mí. El sol despuntaba cuando el hambre pateó mi estómago. Pasé a una bencinera a cargar combustible y comer algo. Devoré con furia, pero no toqué el café. Lo dejé para después. Una vez afuera, la hora más fría era tan inclemente como se supone que debe ser. Los camiones hacían vibrar el suelo donde estaba sentado mirándolos pasar.

En retrospectiva, ha sido una de las pocas veces en que me he sentido un tipo normal. Con un café en una mano, un cigarro en la otra y algo que hacer. Las decisiones no se me daban tan bien en ese entonces, pero de viajar no me he arrepentido nunca. Volví al auto y tome la carretera otra vez. Puse la radio, busqué alguna canción de la infancia en una radio AM que me acompañaría tanto como el alcance de la estación, hasta que la encontré. Despecho. Soledad. Traición. Abandono. Eso era el amor en los ochentas. Eso ha sido el amor desde siempre.

Bajé las ventanillas para que entrara ese aire violento del exceso de velocidad. Para que se llevara hasta el último vestigio de duda que pudiera quedar. Pero la duda es como una mala idea, tentadora y perversa. Así que viajé con ella. Por si algún día decidía volver.

Tome la salida que debía tomar. Entré en una ciudad que apenas alcanzó a conocerme. Casi no había gente en las calles. Las almas viejas que me veían pasar se me quedaban viendo. Yo les sonreía de vuelta. Me detuve y conseguí un periódico, leí las noticias locales y noté que todo seguía igual. Luego pasé a una tienda, compré mi excusa, bellamente envuelta en un papel tan brillante como la mentira. Volví al auto y enfilé por la calle principal hasta los suburbios. Los vecinos paseaban a sus perros. Las vecinas trotaban. Y uno que otro jardinero embellecía ese paisaje idílico.

Me detuve frente a una casa pintada de azul. Apagué el motor y bajé. Me miré en el reflejo del espejo del conductor y deseé no haber pasado la noche en vela. Me arreglé el pelo y enfilé por el camino de la entrada. Saqué las llaves de mi bolsillo y entré en silencio. Subí al segundo piso y entré en su habitación. Mi mujer dormía plácidamente. La besé en la frente y ella sonrió. Me miró soñolienta y le mostré orgulloso las flores que le había comprado. Ella saltó de la cama y se colgó de mi cuello. Me besó como a un soldado que vuelve de la guerra. Me acosté junto a ella y dormimos abrazados. Extrañaba su olor. Su calor. Su piel siempre blanca y suave. Por un momento me sentí en casa otra vez. Y me hubiera gustado que el hogar que siempre he buscado fuera ese instante de claridad. Porque un hogar no es un lugar, es el momento en el que quieres vivir.


Uno nunca sabe dónde está el cielo hasta que lanza una moneda al aire.


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domingo, junio 21, 2015

Fundido a Negro.



"Famoso, adj. Notoriamente miserable". -Ambrose Bierce.


Las historias que tengo para contar son lo de menos. Mi vida no son mis historias, como creen. Mi vida es lo que no se cuenta. Un reducto de soledad y buenas canciones. Eso es lo que guardo para mí y es lo mejor de mí. Lo que tengo que contar es lo que no puedo dejar guardado. Son las tormentas que pasan sólo si las dejas ir. Para que las disfruten otros, como las disfruté yo en su momento. Aunque no soy un fan de las tragedias. Las tragedias le gustan sólo a la gente trágica. No me refiero a tragedias como la de Edipo o la del Titanic o la del Hinderburg. O a más recientes, como la de las torres gemelas. Recordadas por la historia. La gente trágica disfruta de esas tragedias minúsculas. Que no le importan a nadie más que a ellos. Sus propias tragedias. Las insignificantes tragedias personales no son más que el reflejo de lo grandes que se sienten, sin serlo. A todos nos suceden cosas. La mayoría las sobrevivimos y aprendemos de ellas. Pero eso no cambia nada. El mundo sigue sin que le importemos. Nunca he podido entender eso de los demás. Qué les hace pensar que son tan importantes. Cómo se ven que piensan que al resto nos debería importar lo que les pasa. Quiero decir, he visto portadas de diarios con fotos de gente insignificante, que llama la atención de gente más insignificante que se preocupa de lo que les pasa. Que si se puso tetas. Que si se murió por imbécil. Que si la embarazó el más idiota del mundo y ahora no quiere reconocer a su hijo, como si no hubiera sabido eso en primer lugar. Autodenominadas noticias que se van tan rápido como llegan. Gente que desfila ante ellas y opina y se preocupa y luego sigue con sus vidas. Como si esas insignificantes vidas rellenaran el vacío de las suyas propias. El existencialismo no es lo mío. Confío en quien se supone debo confiar y hasta que merece mi confianza. Luego de eso, sigo con mi vida. La comparto con quien me comparte la suya y no me arrepiento de haberlo hecho aunque a cambio no haya recibido mucho. Bueno, me arrepiento sólo un poco, a veces, pero en general creo que estuvo bien. Digo lo que pienso y trato de no herir a nadie. Se me olvida que la verdad duele a veces. Y muchas he tenido que tragarme la rabia de saber mis propias verdades. Pero en silencio. Sin escándalo.

El otro día reflexionaba sobre las penas negras. Se me vino a la mente porque yo mismo andaba vestido de negro. Y llegué a la conclusión que la vestimenta y las penas negras tienen algo en común. La elegancia. Pero no la elegancia en un sentido puramente banal. La elegancia como algo digno de destacarse. El negro representa –o es, se supone- la ausencia de luz, o lo que es lo mismo, la oscuridad. Eso que impide ver lo que guarda. O lo que esconde. El negro no busca destacar. Está presente, hace lo suyo en silencio y se va cuando debe irse. O se queda y uno aprende a convivir con él. Como con la depresión. El color negro y la pena negra tienen dignidad. No buscan la luz, se esconden de ella. Incluso ante la luz se camuflan como una sombra más. He visto gente enfrentada a una tragedia personal y la ve como una oportunidad de brillar. Gente nefasta que sería capaz de lanzar fuegos artificiales con tal de hacerse ver en desgracia. Penas colorinches y chabacanas. Penas ordinarias y deslavadas, después de todo. Brillar en la desgracia, eso es lo que le gusta a la gente trágica. Eso es lo que no me gusta de ellos. Eso es lo que me hacer mirar las portadas de los diarios y sonreír condescendientemente. 

Algunas veces combino negro con gris. Es cuando trato de parecer normal. Otras visto una camisa blanca. Es cuando no quiero parecer un inadaptado. La elegancia, en todo caso, se mueve en la escala de grises. Y solo puede adornarse con algo rojo. Como la sangre.



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domingo, abril 12, 2015

Domingos dominicales.



Conozco un restaurante que es como viajar en el tiempo. A los ochentas. Una fuente de soda. Un sueño de infancia con olor a frituras y cerveza reposada. La gente que trabaja ahí me saluda y me pregunta cómo estoy. Saben qué quiero comer. Saben qué quiero beber. Es como estar en casa. O en la casa de otro igual a mí pero hace treinta años. Suena música que me recuerda a mi tía haciendo aseo o a mi nana preparando la comida. A tardes en el patio mirando devotamente a mi mamá. Dejándome regalonear. A domingo silencioso y sin nada que hacer más que ser sorprendidos por algún terremoto. Ese lugar me devuelve a una época que viví de niño, pero estoy seguro que habría sido así como es ahora. Conmigo en una mesa con asientos de respaldos cubiertos con cuero falso. Cabemos cuatro, pero estoy solo. Mirando hacia la puerta. Viendo a los indecisos titubear antes de entrar o seguir su camino. Pensando en lo agradable que es estar ahí con mis pensamientos. Es domingo. Tengo resaca. No sé que año es, en realidad. 


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martes, abril 07, 2015

Poesía Trasnochada (IV)

Buscando el amor en el fondo de una botella.




Llego al bar,
El mismo cochino bar,
Y el garzón me pregunta
“lo mismo de siempre?”
“sí, por favor”,
le contesto.
Entonces
me trae una botella,
Cierro los ojos
y me la bebo toda.
Cada sorbo
quema menos que el anterior,
Y tú te ves más nítida.
Luego me tomas de la mano
Y me dices
al oído:
“Vete a casa,
Puede que hoy
sueñes conmigo”



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viernes, abril 03, 2015

El Único Escenario Final








Generalmente pensamos en las posibilidades como un espectro de situaciones que se abre hasta el infinito, pero es también una posibilidad que ese infinito de situaciones, no importa la opción que tomemos, nos puede llevar solo a un resultado. Algunos lo llaman destino. Yo prefiero bautizarlo como "el único escenario final". Porque el curso de nuestros actos no está guiado por una mano invisible, sino por el antojo de hacer lo que uno quiere. En este escenario, no importa lo que hagas o digas. El resultado siempre será el mismo. Es como insistir con una persona a lo que no le gustas o que no le interesas. Da lo mismo qué hagas. No importa si tomas el único camino a su corazón. A veces, las puertas simplemente están cerradas para ti. Y eso no es destino. Es la única opción que existe. Por suerte, eso no es lo que normalmente ocurre. Las posibilidades se abren y subsisten todas al mismo tiempo. Algunos piensan que elegir algo elimina el resto de las alternativas. Yo considero que dichas alternativas subsisten para cada uno. Y son las que le dan consistencia a los universos personales. Qué tal como el universo de todos, hasta cierto punto se expande. Llenado el gran vacío del infinito. Vemos nuestras vidas de un modo lineal. Que comienza con nuestro nacimiento o, si se quiere, en el momento en que podemos decidir por nosotros mismos, aunque no tengamos conciencia de aquello. Y concluye con nuestra inevitable muere. Que tampoco, normalmente, depende de nuestra voluntad. Así, nuestras decisiones son solo un producto en en gran estante de supermercado de nuestra existencia. Elegir una cosa en particular no implica que las demás desaparezcan. Tenemos la suerte en nuestro mundo físico, de que podemos volver a elegir. O, si queremos, podemos tomar todas las opciones que se nos ofrecen. 




Ahora, no elegir nada. No decidir, es en sí una elección. Optas por la inacción. Lo que no significa que no vaya a pasar nada. Porque nos creemos tan el centro de todo es que pensamos que la inacción implica que todo a nuestro alrededor se detenga, hasta que por fin hagamos algo. Pero la verdad es que siempre algo te va a sacar de ese letargo existencial. Y no lo vas a ver venir. Porque piensas que tú decides lo que pasa. Y, finalmente, lo que te pasa no es lo que tu quieres. Tu opción es tomarlo con resignación o sufrirlo. Yo he decidido recibir lo que pase con una buena actitud. Así, al menos, me queda la sensación de que en lo que mi respecta, estoy haciendo las cosas bien. 






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domingo, diciembre 28, 2014

Una Carta.


Yacíamos tendidos en la cama. Mirábamos el techo. ¿Y acaso había algo más que hacer? Tú me dijiste que esto tenía que terminar justo antes de que me tomaras de la mano y me llevaras a la habitación. Pero eso había sido hace rato ya. Ahora no sabías que decir y yo no tenía nada que responder de todos modos. Me miraste largamente. Como buscando algo que no estaba allí. Querías que dijera algo y a mí no se me ocurría nada. Sólo te miraba como buscando algo, también. Sonó tu teléfono, te levantaste, lo miraste, no contestaste, lo dejaste donde estaba y volviste a la cama conmigo. Me abrazaste y volvimos a nuestro juego de no decir nada. Nos invadió el sueño y nos dormimos. Abrazados. Como si nos quisiéramos. Pero no. Nunca llegamos a querernos. No al menos antes de que todo terminara. Desperté antes que tú, me vestí y salí. Caminé hasta la tienda y compré cosas para desayunar. Cuando volvía, me llamaste. Querías sabe dónde estaba. Pensaste que me había ido para siempre. Pero ya iba de vuelta. Subí. Llamé a tu puerta. No abriste. Insistí. No estabas. Me senté en el suelo a esperar. No quise llamarte. Pensé que habías ido por mí. Pasaron las horas y los vecinos que me miraban con cara rara. Te llamé y escuché tu teléfono repicar dentro. Dejé las bolsas en tu puerta y me fui a casa. No llamaste. Yo tampoco volví a llamar. Pasó el otoño y luego el invierno y nadie supo que fue del otro. Yo nunca dejé de pensar en ti. Cobardemente borré tu número. Supuse que era lo que se hacía en esos casos. Y supuse también que tú también lo hiciste con el mío. Llegó la primavera y te vi por casualidad en el mismo bar en que nos habíamos conocido hace ya dos veranos. Estabas con una amiga, supongo. Yo estaba solo, como casi siempre. Me viste, pero fue como si yo no estuviese allí. Decidí pagar e irme. Era una fría primavera, pero caminé a mi casa. Sentado en el sofá, fumé un cigarrillo y mientras se consumía, también se hacía cenizas mi secreta esperanza de que me llamaras o algo. Nada ocurrió. Así que mientras bebía una cerveza y veía una película, me dije que estaba bien así. Luego me fui a dormir. Solo, por supuesto.

Fui a una fiesta a la que no quería ir. Pero ya estaba allí y había gente agradable. Conversábamos cosas interesantes y una chica que no conocía, que venía llegando de Grecia o de Turquía, no recuerdo bien, me preguntó si te conocía. Le dije que sí, pero que hacía demasiado tiempo que no sabía nada de ti. Me contó que te habías ido del país a estudiar una especialidad en Suecia. No te imaginé hablando sueco, apenas hablabas inglés mejor que yo, lo que no es mucho. La chica me dijo que me vio esa noche en el bar. Tú también, evidentemente. Que hablaron de mí. Cosas buenas. Muy buenas, de hecho, dijo. No se me ocurrió qué. Me dijo que volvías el próximo invierno. Que si quería hablar contigo, podía darme tu número telefónico de Suecia. Me lo dio. Era un número raro. Tenía muchos cuatros. Intercalados entre otros números totalmente aleatorios. Inmemorizables. Lo guardé en la agenda de mi teléfono y le di las gracias. Nunca lo usé, de todas maneras. Luego alguien vino a hablarme y me excusé. Ella sonrió y dijo que me veía al rato. Me fui temprano, caminando, esperando que pasara un taxi, sin mucha suerte, hasta que uno se detuvo y tu amiga me invitó a subir. Dijo que iba a otra fiesta, si quería ir con ella, que no conocía mucha gente allí. “Yo menos”, le dije. “Mejor, así hablo contigo”, contestó. Llegamos a un lugar no muy lejos del centro. Era una casa oscura. La música sonaba moderadamente por sobre las conversaciones de los invitados. Me hice de una cerveza y me senté en un sofá hasta que vino tu amiga a hacerme compañía. Conversamos casi toda la noche. No hablamos de ti. Luego nos fuimos a mi departamento. Nos acostamos.

¿Recuerdas cuando me dijiste que las cosas no tienen por qué ser buenas o malas, que solo ocurren? Bueno, eso yo ya lo sabía. Nos vimos un tiempo con tu amiga hasta que un día decidimos estar juntos. Creí que deberías saberlo, aunque entiendo que ya lo sabías. Y que no te molestó. Cómo podría haberte molestado, en todo caso. Tu amiga y yo nos llevábamos bastante bien, hasta que un día me preguntó por ti. Le dije cómo te había conocido. Que no fue gran cosa, haberte conocido, y que a lo que tuvimos sólo le faltó un cierre. Ella opinó que yo tenía razón. No hablamos más de ti. El siguiente otoño decidimos vivir juntos. Me mudé con ella y dejé en arriendo mi departamento. Compramos un perro y lo llamamos Bobby. Un nombre común pero poco utilizado en estos tiempos. Un día ella me dijo que la habías llamado y me contó que al parecer te quedabas en Suecia, que habías conocido a alguien y te quedarías allá por él. Nos alegramos por ti e incluso brindamos. Esa noche decidimos tener un hijo. Y lo tuvimos. Ella eligió el nombre porque yo perdí la apuesta sobre si era niña o niño. De todos modos yo estuve de acuerdo con eso. Fue varón. Dicen que es igual a mí, por lo que no me molesta haber perdido la apuesta. Ella me dijo que tú también estuviste embarazada, pero lo perdiste. Nos dio mucha pena cuando nos enteramos (ella me cuenta todo). Pero me dijo también que de todas maneras eras feliz, que lo intentarías nuevamente. Ella está segura que todo saldrá bien esta vez. Yo pienso lo mismo. 

El día en que fuimos al funeral de su padre, ella no era capaz de articular palabra. Estuvo todo el día en silencio. No habló con nadie. Era como si el resto no existiéramos. No habló conmigo ni con nuestro hijo. Esa noche durmió donde su madre. Con su madre. Nosotros volvimos a casa y al día siguiente llegamos temprano para desayunar. Yo no sabía muy bien que hacer. Le compré flores a ella y a su madre. Unas lindas margaritas. Siempre he considerado que son flores que alegran. Creo que algo de efecto hicieron. Ella me sonrió. Abrazó a nuestro hijo cuando se las entregó. Luego me abrazó a mí y me dijo al oído, en un susurro, que me amaba. Fue raro. Nunca había sido tan feliz en mi vida. Siempre trato de recordar su voz en ese momento cuando tengo miedo. Cierro los ojos y todos mis demonios se van. Cuando volvimos a casa ese día, decidimos tener otro hijo. Esta vez yo gané la apuesta y la niña lleva un nombre que yo elegí. A ella pareció gustarle. Sé cuando le gustan las cosas que hago o digo, porque sus ojos sonríen antes de que lo haga su boca. He llegado a conocerla tan bien, que puedo incluso adelantar un abrazo si lo necesita. 

Vamos al parque los fines de semana, para que los niños jueguen y tomen algo de aire fresco. Nosotros llevamos libros, pero avanzamos muy poco, porque estamos muy pendientes de ellos. Ya sabes, porque te sucede con el tuyo, que no puedes quitarles el ojo ni por un momento, que es ahí cuando ocurren las cosas. Justo cuando dejas de ver, aparece el daño. Por suerte, nuestros hijos tienen cuatro ojos sobre ellos. De todas maneras, nunca me canso de mirarlos. Sólo dejo de hacerlo cuando estoy seguro de que ella lo está haciendo. Esos instantes los aprovecho para mirarla furtivamente. Hasta que ella se da cuenta y rápidamente vuelco mi atención en los niños. Parezco un adolescente enamorado. Sé que a ella le gusta eso. Lo de las miradas. Porque por el rabillo del ojo, la veo sonreír disimuladamente. Han pasado cuatro años y sigo sintiéndome igual con ella. No es algo que se pueda describir con facilidad, pero lo intentaré. ¿Te has fijado cuando las olas se recogen y una fina película de agua va quedando atrás, como esperando que la marea vuelva con su ímpetu, a llenarlo todo? Yo soy el agua que va quedando. La espero ansioso cada vez que se va, sólo porque necesito verla venir, corriendo, a abrazarme. Todos los días es igual. Cuando a mí ya no me queda nada para dar, ella viene y me llena con su existencia. 

Te estarás preguntando, por fin, por qué te cuento todo esto, precisamente a ti. Porque pienso que lo que tengo es gracias a ti. No sé qué hablaste con ella esa noche de primavera. Nunca me lo dijo. Pero creo que antes de que pasara todo, ella ya me quería y no podría ser por otra que por ti. Por eso quería darte las gracias. Por hacerme, sin saber, el regalo más grande que un hombre puede querer. Una gran mujer. Claro que yo puse de mi parte. Y sigo haciéndolo todos los días. Pero estoy seguro que tú diste el primer toque para que toda esta maquinaria, que algunos llaman destino, se pusiera en movimiento y funcionara a mi favor. 

Por eso te escribo. Porque las cosas ocurren sin ser buenas ni malas, y a veces uno equivoca su pensar, y tiene que reconocer que después de tanto tiempo haciendo el loco, algo bueno tenía que suceder. Por eso sigo recordándote, ahora más que nunca. Porque necesitaba agradecértelo. Porque aún te debo el desayuno.




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