lunes, julio 06, 2009

Supermercado

Tuve que dejar el carro abandonado en un pasillo y salir corriendo del supermercado. La gente me miraba extraño. Contenía mi boca con la mano y mis piernas no respondían. Pasé junto a la leche, los fideos y el papel higiénico. El estómago se me apretaba y la sensación de soledad más terrible que había sentido jamás se me venía encima. La gente se hacía a un lado y torcía el gesto como si yo llevara cientos de pequeños demonios colgando de mi cuerpo. Caminaba lo más rápido que podía, pasé ente la gente que esperaba en una caja e incluso creí que un par de guardias se me iba a echar encima. Crucé la puerta y el sol me dio en la cara, cegándome momentáneamente, no lo podía creer, toda la pena que tenía acumulada desde hacía meses me había hecho explotar en llanto en el pasillo de los detergentes.




lunes, mayo 25, 2009

Relatos Encadenados por Ray Loriga

En 2007 y durante un año hasta septiembre de 2008 Ray Loriga (Madrid, 1967) escribió en exclusiva para la revista MAN una serie de 12 relatos encadenados, a saber:

· Relatos encadenados (1) El final, por ahora, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (2) Podría morir de frío, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (3) Dentro del bosque, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (4) Caperucita loca, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (5) Fue una noche muy extraña, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (6) Nada malo, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (7) Una vida diferente, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (8) Zigzag, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (9) Un segundo, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (10) El corazón envenenado, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (11) Rosas de plástico, por Ray Loriga
· Relatos encadenados (12): La niña manda, por Ray Loriga


El último coincide con el lanzamiento de su último libro Ya sólo habla de amor, y mientras esperamos que en Chile se haga la luz con su publicación es que me encontré estas joyas que seguramente nos mantendrán algo ocupados.


No los quise poner en post separados para conservar el orden de la publicación y el sentido de las historias. Así que esto califica para megapost.


Todos los © son de la revista MAN


ENJOY!



Los relatos encadenados de Ray Loriga


10/10/2007

Ray Loriga / Fotos: José Antonio Loriga

Relatos encadenados (1) El final, por ahora, por Ray Loriga


Se despertó tendido sobre la nieve. Lo cual no le pareció en absoluto extraordinario. Ni triste, ni desolador, ni peligroso, ni nada. Para despertar sobre la nieve, sólo es necesario haberse quedado dormido en la nieve. Despertar no requiere de ningún valor, y es algo que se hace, por así decirlo, naturalmente, y antes de que se presenten las circustancias, como se presentan los fantasmas en las noches de insomnio, se está a salvo, tranquilo, elegantemente tendido en el puente que separa las noches de los días, los muertos de los vivos. El lugar en el que se despierta ya no le pertenece al sueño, de igual manera que esta orilla del río ignora la naturaleza de la otra. Ni siquiera la nieve resulta entonces extraña, ni siquiera el frío que ha construido un esqueleto de hielo en su interior, levanta sospechas. El sol de invierno le quema los párpados cerrados y el bosque que aún no ve, se agita alrededor. Si tan sólo pudiera concederse un segundo más de paz, pero sabe que ya ha amanecido. Como si fuese la cosa más normal del mundo, se palpa la chaqueta, da con el bolsillo en el que están guardadas sus gafas oscuras, y con un gesto mil veces repetido, que en cambio carece en ese instante de recuerdo, al menos de recuerdo consciente, se planta las gafas en la cara. Y sólo después, abre los ojos y al segundo, se levanta. Sobre la gran explanada cubierta de nieve, no hay más rastro que el que acaba de dejar su cuerpo. Sus huellas, si las hubo, se han borrado, y alrededor, como había intuido, se extiende el bosque. No había imaginado, sin embargo, ni por supuesto recordado, la carretera, pero entre los árboles ve ahora claramente pasar los coches y hasta escucha sus motores, algo que hace un instante no estaba allí. Sucede a veces, que sólo percibimos la conversación de alguien sentado muy lejos de nosotros cuando vemos como se mueven sus labios. El mismo principio rige los micrófonos direccionales, que han de ser apuntados, con los ojos, hacia su verdadero objetivo, para poder así escuchar el sonido de las cosas que por fin vemos. Sin dudarlo, camina hacia la carretera, lo cual le dice algo de su condición. Un hombre que camina hacia el interior del bosque, está huyendo, y sin embargo, un hombre que camina hacia la carretera, seguramente sólo piensa en volver. A su pesar, ya ha empezado a reconstruir su historia. Sabe también, y de eso es consciente mientras camina por la nieve, que no es el suyo uno de esos casos de amnesia que animan de cuando en cuando las páginas de los periódicos y que a menudo construyen las tramas de las novelas de misterio con un mecanismo infantil y engañoso. No basta con esconder la receta para convertir un guiso vulgar en una comida memorable. Así que, por lo pronto, se alegra al comprobar que sólo está ligeramente aturdido, y que recuerda bien quién es, por más que aún no esté dispuesto a ponerse un nombre.


Si pudiera tomar un café antes de empezar con esto, se dice, sabiendo que es lo primero que se dice esta mañana, mientras sus pasos sobre la nieve le acercan a la carretera. A través de los últimos árboles ve por fin el coche, aunque sabía que iba a estar allí, como supo antes dónde estaban sus gafas de sol, porque recuerda el accidente, y se recuerda a sí mismo con tanta claridad, como recuerda qué esconde cada uno de los bolsillos de su chaqueta.


El coche está embarrancado en la nieve y la mujer que esperaba encontrar está aún dentro. Antes de mirarla no sabe –no porque no lo recuerde, sino porque no lo sabe– si está viva o muerta. Sí sabe, en cambio, que es preciosa.


El coche es negro, elegante, como lo son los coches de los demás. Uno de esos coches que se conducen desde el asiento de atrás, dando instrucciones. Un coche que no es conducido por uno mismo, sino por un deseo, y un poder, adquiridos con anterioridad. Un coche que de alguna manera anda solo, y de cuyo accidente nadie es del todo responsable. Como el coche de Lady Diana, que avanzaba por un camino ajeno, conducido por un extraño, llevando dentro una desgracia que ya no era sino la proyección de una ambición previa, condenada a entrar en conflicto con las más retorcidas circunstancias.


Lo que más le extraña cuando se asoma a su interior no es encontrarla a ella viva, durmiendo plácidamente, sino la ausencia del chófer. Tal vez haya muerto, se dice, o tal vez haya ido a pedir ayuda, o tal vez, el chófer sí ha perdido la memoria tras el golpe, y camina por el bosque sin rumbo. Aunque también puede ser que el chófer no sea del todo inocente, que estuviera bebido y que no tenga la menor intención de aparecer nunca más.


Ella, es más hermosa aún de lo que recordaba y su vestido de niña tímidamente escotado, ligeramente marinero, sus largas piernas, su boca entreabierta, su pelo rubio desparramado en exquisito desorden sobre el asiento trasero, le reafirman en algo que ya intuyó al despertar sobre la nieve. Algo de lo que ahora está convencido; un segundo antes de este lamentable accidente, él era un hombre feliz, y afortunado.


Ella, y esto lo recuerda muy bien, le dijo al menos una vez, te quiero. Pero ahora, ella tiene los ojos cerrados y está aún dormida, así que no sabe qué pensar. No puede asegurar que vuelva a decirlo.


Durante largo rato contempla el accidente, y a la mujer que duerme, como quien se detiene en un cruce y contempla su sombra caer, dividiéndolo todo en dos opciones exactas, entre el desastre y la oportunidad. Finalmente abandona la carretera, y se adentra en el bosque.


Y sus pasos sobre la nieve ahogan también un “te quiero”, que en su caso, y de eso al menos sí está convencido, no será el último.



29/11/2007

Relatos encadenados (2) Podría morir de frío, por Ray Loriga


Cuando dejó atrás el coche semienterrado entre la nieve, no se paró a pensar en ello, pero al adentrarse en el bosque se dio cuenta de que el frío podría matarla. Creyó que pensaba en voz alta cuando la niña lo dijo.


“¿Va a dejarla en el coche? Se va a morir de frío”. Al principio no vio a la niña, sólo escuchó su voz. Pero sabía que las voces en el bosque pertenecen a la gente, y no creía en duendes ni en fantasmas. La niña no estaba escondida, ni mucho menos, estaba sentada en una piedra grande a la sombra de un árbol. La vio cuando se giró, tras escuchar su voz, y al principio no quiso contestar.


La niña se levantó y se sacudió la nieve del abrigo. Llevaba botas altas, y el pelo recogido con una flor de plástico.


“Hace muchísimo frío”.


Dijo la niña, juntando las manos antes de guardarlas en los bolsillos.


“Lo he visto todo, parecía que lo hacía a propósito. Si hubiese querido estrellarse no lo hubiera hecho mejor”.


“¿Qué haces aquí?”

Preguntó él.


“Voy al colegio, siempre voy al colegio por el bosque porque mi madre no me deja cruzar la carretera. Lo he visto todo. ¿Lo ha hecho a propósito?”
“No lo sé. ¿Sabes qué ha pasado con el chófer? No está en el coche.”


La niña se rió y él se sintió mal, porque no había dicho nada gracioso. “El chófer es usted”. Dijo entonces la niña, señalándole con el dedo. “Usted conducía el coche y usted se salió de la carretera y se empotró contra ese montón de nieve y luego salió andando y se tumbó allí”. La niña señaló el prado cubierto de nieve que separaba la carretera del bosque.


“Y estuvo tumbado un buen rato y luego se levantó y fue hacia el coche, y pensé que iba a ayudarla, pero no lo hizo. Y hace muchísimo frío y si la deja ahí se va a morir de una pulmonía o algo”.


Él se quedó pensando un segundo. No sabía que él fuera el chofer. Sabía que iba en el coche pero se imaginaba a sí mismo en el asiento de atrás, junto a ella. Se imaginaba, como sucede a menudo, más importante de lo que era. Más enamorado, más feliz, más alto, más fuerte, más afortunado. Se imaginaba, como sucede a veces al despertar de un sueño hermoso, dueño de una vida mejor. Una vida en la que él era un hombre mejor. Se puede soñar con cosas que no son nuestras y perderlas al despertar. Igual que nos consuela el día de nuestras pesadillas, a veces nos condena el mundo real a obligarnos a admitir la enorme diferencia entre nosotros y nuestros mejores sueños.


La niña se dio cuenta de que estaba confundido.


“A lo mejor tiene usted amnesia”.


“No, lo recuerdo todo perfectamente. Bueno, todo no. Pensé que iba en el asiento de atrás y pensé que ella me quería”.


“También se puede querer a un chófer”. Respondió ella.


“Supongo que sí”. Dijo él.


“Podría morir de frío”. Y aquí la niña repitió su gesto de antes, frotándose las manitas juntas.

“Nadie muere congelado, no con este sol. De hecho hace calor y me gustaría tomarme una cerveza”.

La verdad es que la nieve no duraría mucho bajo ese sol de invierno, o al menos eso es lo que él pensaba. Y la mujer que dormía, tranquilamente, dentro del coche despertaría tarde o temprano y estaría bien. Nadie muere de frío bajo un sol como éste, pensó de nuevo, como quien se da dos razones idénticas para una misma conclusión, y no le quedó la menor duda.


“¿Bebe usted por la mañana?”. Y la niña subrayó sus palabras con un gesto de sensata reprobación. “Algunas mañanas, no todas”.


“Hay una cafetería en la gasolinera. No está muy lejos. Si quiere le acompaño”.


“¿Tú no ibas al colegio?”. Pregunto él, que empezaba a estar tan cansado de hablar, que hubiese preferido que esta dichosa niña no hubiera nacido nunca, o al menos que no estuviera en este bosque, sino en otro.


“A veces no voy, el cole colegio en realidad no me gusta nada. A veces, camino del colegio, me entretengo con cualquier cosa”.


“A mí también me pasaba”. “No es que no quiera aprender, es que me aburro muchísimo”.


Dijo la niña, alargando el muchísimo hasta hacerlo francamente aburrido. Si hubiera podido elegir, él no hubiera estado tampoco en ese bosque, ni entre la nieve, ni cerca de ese coche que al parecer conducía.


Si hubiese podido elegir, y esto también sucede a menudo, tendría otra vida, e incluso sería otra persona.


En ese momento la niña señaló el coche alarmada, como si hubiera visto un fuego.


“¡Se levanta!”.

Se giró, y vio que, en efecto, la mujer del coche se levantaba.


“¡Qué alta es!”. Dijo la niña.


Él la miro detenidamente, tenía las piernas largas y delgadas, y era más hermosa de lo que recordaba. Puede pasar, aunque no es común, que una mujer se haga más guapa cada vez que cierras los ojos, o cuando le das la espalda, o en definitiva, entre dos miradas.


“Sí que es alta”. Dijo él.


Mientras ella se desperezaba, aún aturdida, junto al coche casi enterrado en la nieve, en la cuneta, él se dio cuenta de que la quería, y de que si hubiese podido elegir, hubiese preferido no ser su chófer.


16/01/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (3) Dentro del bosque, por Ray Loriga


Al verla salir del coche, sin darse ni cuenta dio un paso atrás, y luego otro escondiéndose cada vez más dentro del bosque. La niña le seguía.


Andando también hacia atrás, poniendo, divertida, sus pasos sobre las huellas que él dejaba. Como si todo esto, el accidente, el hombre tumbado sobre la nieve, la mujer dormida en el coche y ahora despierta junto a la carretera, no fuera más que un juego.


Desde donde estaban aún podían ver la carretera, el coche entre la nieve, y a la mujer que merodeaba alrededor del coche mirando en todas direcciones.


Es muy guapa, dijo la niña... y lleva un abrigo muy caro. Parece que no sabe dónde ir... Tal vez le esté buscando.


Él se ocultó detrás de un árbol.


La niña esta vez no se movió pues no quería perder de vista a la mujer.


Sonó el móvil, y él se llevó de inmediato la mano al pecho para ahogar el sonido del teléfono. Mantuvo la mano así, sobre el corazón, hasta que el teléfono, guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, dejó de sonar.


¿Por qué no ha contestado?, dijo la niña. Era ella... y se ha enfadado...


Se asomó un poco para verla. Más que enfadada parecía triste pero desde esa distancia le era imposible precisarlo.


La vio apoyarse en el coche y guardar el teléfono en el bolsillo de su abrigo de piel.


Era desde luego una mujer muy hermosa y la distancia no tenía nada que ver en eso. La recordaba perfectamente. Recordaba también su manera de sonreír, que le pareció franca en un principio pero que después le llenó de desconfianza. Una sonrisa dulce que parecía capaz de repetirse en cualquier circunstancia para defenderse de cualquier daño. Una sonrisa que no era un puente, sino un seto exquisitamente cuidado, alrededor de un precioso jardín.


No llama a nadie más, dijo la niña. A lo mejor no conoce a nadie, a lo mejor es extranjera, a lo mejor sólo tiene su número porque usted es su chófer, al fin y al cabo. A lo mejor no sabe conducir y por eso lo necesita, porque si no podría irse en el coche ella solita, y tan contenta. El coche no parece roto. ¿No está roto, verdad?


No, no creo. Contesto él.


A lo mejor hay algo más, algo de amor...


¿Por qué tendría que haberlo?


No lo sé, dijo ella, pero me gustaría que lo hubiera... No me importa perderme el colegio por una historia de amor, pero si no es más que un accidente... sería todo más aburrido. A mi hermano le gustan las péliculas de violencia, pero a mí me gustan más de amor. Es normal ¿No? Siendo una niña y eso...


¿Dijiste que había un bar por aquí?, preguntó él.


Es más bien una cafetería, junto a la gasolinera. Pero tienen bebidas. Mi padre bebe mucho ahí.


Se giró por fin, dándole la espalda a la mujer, pero la mujer no pudo verlo. Después empezó a caminar. No supo porqué lo hacía. ¿Por qué alejarse de ella si la quería?


¿Por qué abandonar su coche en la cuneta?


¿Por qué cargar con esta niña tan rara?


¿Por qué no vamos por ella?, dijo la niña. A lo mejor quiere desayunar.


Él no contestó, siguió caminando sobre la nieve, y la niña otra vez se fue tras él. Colocando con cuidado sus zapatitos dentro de cada una de sus huellas.


No era un bosque muy grande, pero se hacía cada vez más denso. Los árboles cada vez más juntos, la nieve cada vez más oscura, pues el sol apenas cruzaba las espesas ramas de los abetos. Se sintió de pronto muy cansado, miró hacia atrás y la niña le sonrió. Pensó que había algo extraño en esa sonrisa, pero enseguida otras preocupaciones le distrajeron. Pensó en la mujer abandonada en la carretera y en cuánto le gustaría pasear con ella de la mano, por este bosque o por cualquier otro sitio. Pensó en si debía pedir un whisky una vez llegara a la dichosa gasolinera, pero le dio vergüenza hacerlo delante de la niña. Seguramente con una cerveza sería suficiente para entonarse un poco y alejar el miedo. Tenía miedo de muchas cosas, pero sobre todo tenía miedo de no volver a verla. Si era su chófer, ¿por qué la había besado? Recordó claramente ese beso y se guardó la certeza de no haberlo imaginado, como quien se guarda la llave de una casa que no es la suya pero a la que podría volver si quisiera.


Y así caminaba viendo ya el final del bosque y pensando en sus cosas cuando se topó de bruces con un hombre grande vestido con un abrigo largo, que llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas y una estaca de madera en la mano.


Escuchó a la niña decir: no le hagas daño.


Antes de recibir el primer golpe.


No sintió dolor alguno, pero al llevarse la mano a la frente notó claramente la humedad de la sangre.


El segundo golpe le dio en la mejilla y quemó su piel como si le hubieran golpeado con un atizador de chimenea incandescente.


El tercer golpe lo recibió en la nuca.


Cayó al suelo.


Pensó un segundo si él último golpe se lo habría dado la niña, pero no le pareció que tuviera altura ni fuerza suficientes, y además a la niña le gustaban las historias de amor...


Para cuando le patearon el estomago ya había perdido el sentido.


31/01/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (4) Caperucita loca, por Ray Loriga


Por segunda vez en la misma mañana, se despertó tumbado sobre la nieve. El frío en la cara y la humedad le resultaron familiares. Las desgracias repetidas producen a menudo ese efecto. Abrió los ojos y vio a la niña, sentada con las piernecitas juntas sobre una gruesa rama.


¿Todavía quiere una cerveza? Dijo la niña.


Le dolía demasiado la cabeza para contestar, pero lo cierto es que le apetecía una cerveza, le apetecía tanto que hubiese sido capaz de matar a un ángel por una cerveza bien fría. Se incorporó despacio y se palpó la ropa. Ni gafas, ni cartera, ni teléfono. Su reloj de oro tampoco estaba ya en su muñeca. Era un regalo de su padre y lo echaría de menos.


Podrían haberle pegado más, son muy brutos, pero les pedí que no le hicieran mucho daño... Dijo la niña. Gracias. Dijo él. De nada. Contestó la niña, moviendo los piececitos para sacudirse la nieve de las botas.


Me cae usted muy bien. Siento que mi padre y mi hermano le hayan robado. A veces roban a la gente que se pierde en el bosque. Yo les ayudo y también intento que no maten a nadie, porque son un poco brutos. La gasolinera no está lejos, si todavía quiere una cerveza...


No tengo dinero...


Yo sí, me han dado mi parte. No me importa invitarle. Al fin y al cabo, hasta hace nada era su dinero...


¿Qué clase de caperucita loca eres tu?


No se enfade, dijo la niña. Son mi padre y mi hermano... ¿Que quiere que haga? Y además prefiero que peguen a otro, porque cuando no encuentran a nadie a quien pegar, me pegan a mí.


Lo entiendo... Dijo él, peinándose el pelo hacia atrás con las manos, tratando de recobrar la compostura.


Luego se levantó. La niña también se puso en pie y le sonrió.


¿Ve? No le han pegado muy fuerte. Venga conmigo, le invito a lo que quiera.


La niña se puso a andar y él la siguió. No tenía nada mejor que hacer y quería salir .. de ese bosque de una vez por todas.


Cuando llegaron a la gasolinera, su dolor de cabeza comenzó a disiparse, le dolían aún las costillas, pero no le pareció que tuviera nada roto. Tenía razón la niña, podría haber sido peor.


Entraron en el pequeño bar, a pocos pasos de los surtidores donde sólo había un camión enorme que carcargaba con lo que parecía una hélice gigante.


Es para los molinos de viento. Dijo la niña. Están poniendo muchos en el monte. Son muy bonitos.


Al entrar en el bar, la niña se fue derecha a la máquina de cigarrillos. ¿Qué marca fuma usted? Preguntó mientras echaba las monedas.


Camel, respondió él.


Como mi padre...


La niña le dio el paquete.


Raúl, dale fuego a este señor y una cerveza bien fría. Y para mí un colacao muy caliente.


La niña se sentó en una mesa junto a la ventana. Él camarero le encendió el cigarrillo y le regaló el mechero. Así son las cosas a veces, primero te roban y luego te invitan. Nada que objetar en cualquier caso.


Cogió el mechero y fue sentarse frente a la niña. Me cae usted muy bien, dijo la niña, No me extraña que ella le quiera tanto.


Él no supo que contestar.


Llegaron la cerveza y el colacao. Él bebió un trago muy largo directamente de la botella. La niña empezó a disolver el sobrecito de chocolate con muchísima paciencia.


Cuando sea mayor, dijo la niña, dándole vueltas y vueltas a su cucharita, encontraré a alguien que me quiera mucho. Y a ese no le robarán en el bosque. Le cuidaré tanto que no tendrá más remedio que cuidarme mucho a mí y tendremos muchos muchos hijos. Cien a lo mejor.


Cien, son muchos. Dijo él.


¿Tiene usted hijos?


Preguntó la niña.


Dos, respondió él.


¿Y cómo son?


Mejores que yo...


En ese momento pensó en sus hijos, y en lo poco que quedaba ya para las navidades y se dio cuenta de que aún no había empezado a comprar regalos. A veces un hombre quiere de veras hacer muchas de las cosas que no hace, y eso le convierte en un hombre muy triste.


Tenía la ropa manchada de nieve sucia. Trató de limpiarse un poco con las manos. Le hubiese gustado tanto estar enamorado, sólo así se entienden algunas cosas. Sólo así se soporta casi todo, por extraño que sea. Bebió un poco más de cerveza y encendió otro cigarrillo. Al mirar por la ventana vio cómo el camión que cargaba la hélice se marchaba. También vio cómo la mujer a la que había abandonado en la carretera se acercaba. No era un hombre miedoso, pero sintió un escalofrío.


Sabía que vendría.


Dijo la niña, con un cómico bigote de chocolate en los labios.


Pues sabías mucho más que yo.


Respondió él, mientras la mujer cruzaba ya la puerta del bar.


25/02/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (5) Fue una noche muy extraña, por Ray Loriga


Parece cansada, dijo la niña, mientras la mujer se acercaba a la barra. La cafetería de la gasolinera estaba vacía. No hay muchos conductores que madruguen para conducir entre la nieve un día de fiesta. La mujer apoyó los codos sobre el mostrador, y sujetó la cabeza entre las manos. Por un segundo su cabeza desapareció dentro de su abrigo de piel.


La niña la miraba atentamente. Nunca había visto a una mujer así, fuera de las páginas de una revista.


La mujer pidió un vaso de agua.


Dale una botella, Raúl, le dijo la niña al camarero.


La mujer se giró y miró hacia la mesa en la que estaban la niña y su tazón de chocolate y el hombre y su cerveza. El agua aquí no sabe muy bien, dijo la niña, como si quisiese excusarse por haberse entrometido.

No llevo dinero encima, dijo la mujer.

No pasa nada, dijo la niña, yo invito.

La mujer cogió su botella de agua y se acercó a la mesa.

¿Puedo sentarme?, preguntó.

Claro, respondió la niña. Y después se echó a un lado, para que la mujer preciosa pudiera sentarse junto a ella.

La mujer estaba por fin sentada junto a una niña que no conocía y enfrente del hombre que no era más que el conductor de su coche pero al que seguramente había besado.

Él, por su parte, sabía ahora que no lo había imaginado todo. Al verla tan de cerca recordaba claramente que la había tenido entre sus brazos, y recordaba también que ella temblaba.

Temblaba de miedo, dijo ella entonces, como si le hubiera leído el pensamiento.

A lo mejor era de frío, dijo la niña.

No, era de miedo, dijo él.

Gracias por sacarme de allí, añadió ella , mientras extendía la mano para alcanzar el paquete de cigarrillos.

Él sacó un cigarrillo del paquete y se lo dio. Luego encendió el mechero y la mujer se inclinó sobre la mesa para prender el cigarrillo. Él se encontró de pronto a muy poca distancia de sus labios y no pudo evitar sentirse incómodo, como alguien que vuelve a un lugar que no es el suyo, así que apartó la mirada y no supo si ella le miraba o no a los ojos, ni cómo le miraba, ni por qué.

Había sangre debajo de la nevera, dijo ella.

Y el recordó la sangre que goteaba desde el interior de la nevera entreabierta hasta encharcar el suelo de la cocina.

Lo vi, dijo él.

Y había uno de esos cuchillos eléctricos manchado de sangre, sobre la mesa, dijo ella. Eso también lo vi, respondió él.

No sé que clase de fiesta macabra era ésa. Había docenas de rosas de plástico clavadas sobre la nieve. Y un hombre disfrazado de Papá Noel, sentado junto a un saco vacío.

La mujer cerró entonces los ojos, la niña tenía razón, parecía muy cansada.

Ni siquiera sé porque estaba allí. Mi agente cree que es importante. Mi agente piensa que no puedes decir no a ciertas personas, a ciertas cosas, a ciertas fiestas....

La niña miró un segundo a la mujer, y después miró al hombre y luego miró por la ventana de la cafetería. Un enorme camión cargado de cerdos aparcó casi frente a la puerta, y un camionero bajó de un salto desde la cabina del camión y entró.

El camionero pidió un café en la barra y corrió hacia el baño.

Pobres cerdos, dijo la niña, imagino que no les gusta nada viajar así.

La mujer abrió los ojos.

Entré en la casa al oír sus gritos, dijo él, y de pronto se extrañó de no ser capaz de tutearla. Seguramente no lo había hecho nunca, al fin y al cabo, y por mucho que la hubiese besado, no era más que su conductor.

Yo no fui la primera en gritar, dijo ella, la otra chica empezó a gritar antes que yo.

La otra chica estaba desnuda, dijo él.

Yo también, dijo ella. Me puse el vestido poco antes de que entraras, cuando todo el mundo empezó a correr.

¿Por qué estabas desnuda?, preguntó la niña.

Estábamos los tres en una de las habitaciones, respondió ella. Esa chica, y yo, y ese tío que creo que era francés.

¿Era guapo?, preguntó la niña.

Muy guapo, dijo ella. Estábamos los tres besándonos en la cama cuando la otra chica empezó a gritar. Había alguien más en la habitación... después golpearon la puerta y oímos gritos en el jardín, y carreras por los pasillos.

¿Quién más había en la habitación?, pregunto él.

No lo sé. Estaba escondido detrás de las cortinas. Un hombre muy alto. Sólo vi sus enormes zapatillas asomando y su sombra tras las cortinas. Cuando salí al pasillo, un hombre me sujetó por el brazo y me dijo que habían cortado a más de uno en trozos muy pequeños...

¿A que se refería?, preguntó la niña.

No lo sé, respondió ella. No dijo nada más, han cortado a más de uno en trozos muy pequeños...

Todo el mundo corría. Al bajar por la escalera alguién me empujó y caí. Me raspé las mejillas contra la moqueta.

La mujer se llevó la mano a la mejilla. La niña vio que aún estaba enrojecida.

Tú me recogiste del suelo y me sacaste por la puerta de la cocina. Entonces vi la sangre debajo de la nevera. Estaba temblando de miedo.

¿Y entonces, él la besó?, preguntó la niña.

No, eso fue luego, dijo él.

La mujer sonrió por primera vez. Cuando entré en la casa, vi algo más, añadió él.

¿Qué?, preguntó la niña.

Había algo escrito en la pared, algo escrito con sangre o tinta roja.

¿Qué?, repitió la niña con la cara semiescondida dentro de su tazón de chocolate.

Nada.

¿Nada...?, preguntó la niña. Nada. Escrito en grandes letras rojas. NADA.

El camionero salió del baño. Y apenas había dado un sorbito a su café cuando al mirar hacía la puerta se dio cuenta de que su camión ya no estaba.

¡ME HAN ROBADO EL CAMIÓN! El camarero dejo por un segundo de limpiar el mostrador con un trapo empapado en ginebra barata.

La niña no pudo evitar reírse.

Mi padre está loco... dijo.

No sé qué vamos a hacer con tantos cerdos...


28/03/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (6) Nada malo, por Ray Loriga


No más noches sin dormir, no más dolores de espalda, no más deudas, no más llamadas sin respuesta. Este día era el único, y después no habría otro. Se sintió viejo mientras la miraba. Echó de menos su coche. Debería caminar de vuelta, atravesar el bosque y recuperarlo. Debería llevar a esa mujer a su casa, o al aeropuerto, o a dondequiera que fuera. Debería cumplir con su trabajo, y regresar él también a su casa. Terminar con esta extraña aventura que se iba extendiendo como la mancha de sangre bajo la nevera.

La mujer estaba ahora en silencio, mirando hacia la ventana. En el parking de la cafetería, junto a la gasolinera, el camionero gesticulaba, iba y venía, gritaba. ¿Que ha pasado? Preguntó ella.

La niña no podía contener la risa. Mi padre le ha robado el camión. No he visto ni oído nada, dijo él, nunca vi a nadie robar cerdos con tanta delicadeza. Mi padre no es un bruto. Dijo la niña orgullosa. Bueno, a veces sí. Pero no mataría a nadie y esas cosas... y si puede, prefiere robar por las buenas.

Tendría que llamar a la policía, dijo ella. Anoche pasó algo muy raro en esa casa y esta mañana no ha empezado mejor.

La niña se puso de pronto muy seria.

Mi padre no tiene nada que ver con la casa. Mi padre no mata, ni corta a la gente en pedacitos, mi padre sólo roba. Y a veces pega para robar, y a veces pega porque sí, pero no es un asesino. Mi padre roba a la gente que pasa por aquí y nada más.

Si se pasa el día robando en la misma zona, terminaran pillándole. Dijo él.

No, no... aquí todos le cubren. A cambio él reparte lo que roba. Es muy generoso con eso.

Robin Hood..., no te jode, he ido a caer en los bosques de Sherwood... dijo ella. Será mejor que nos larguemos pronto.

Al decir esto le miraba a él, y él volvió a sentirse como lo que en realidad era, su chófer. La fantasía de que esa mujer fuese algo más que un cliente se esfumó y no pudo evitar sentir vergüenza.

Apartó la cerveza y se levantó de la mesa. Voy a arreglarme un poco, dijo, y después debería ir a recuperar el coche, si es que el padre de ésta no lo ha robado ya...

Se fue hacia el baño. La cabeza aun le dolía, su traje estaba manchado de barro, las cosas se habían torcido demasiado y lo peor de todo es que por un buen rato, desde que había besado a esa mujer, se había sentido bien dentro del desorden. Como un preso en sus primeros diez pasos fuera de la cárcel.

Había olvidado su verdadera naturaleza, su familia, su nombre. Ahora tenía que peinarse y adecentarse un poco y recuperar su coche y su oficio y librarse de esa mujer, y de la niña, y sobre todo, de sus absurdos sueños, lo antes posible.

Mientras se mojaba la cara y se peinaba con los dedos hacia atrás sintió que recuperaba poco a poco al hombre que en realidad era. Al regresar a la mesa con paso firme, todas sus fantasías se habían esfumado. Mirando a la niña y a la mujer sentadas junto a la cristalera, se propuso empezar a hacer las cosas bien a partir de ahora.

Si me deja un segundo su teléfono, llamaré a la policía. Después iré por el coche y la recogeré.

No... dijo ella. Nada de policías. No puedo dejar que me enreden en esto. No sé lo que pasó en esa casa, ni quiero saberlo. Pero había cosas que sí sé, en esa casa, que preferiría no tener que explicar.

Vaya por el coche y sáqueme de aquí, por favor. Sintió que aquello no era una petición, sino una orden.

La niña se limpió el bigote de chocolate con la manga.

Yo también prefiero que no llame a la policía. No me gustaría que cogiesen a mi padre porque entonces cogerían también a mi hermano, y a mi hermano le quiero muchísimo y además no me gustaría quedarme sola.

Estáis todos locos. Dijo él.

La niña y la mujer sonrieron. Le pareció que las dos eran muy bonitas y que tampoco tenía él por qué entrometerse en sus asuntos.

Voy por el coche, dijo, y salió de la cafetería.

Caminó por la carretera junto al bosque. Pasaban algunos coches, no hacía frío, la nieve aún resistía bajo un espléndido sol de invierno. Pensó que por fin estaba haciendo lo correcto. Cumplir con su trabajo y no meterse en líos. Las últimas horas habían sido muy extrañas pero todo podía volver a ser normal. Sólo tenía que sentarse en su coche y conducir, que era lo que había hecho casi toda su vida, y no preguntar nada y no esperar nada y no besar a mujeres muy guapas que no eran suyas. En eso iba pensando cuando vio un bulto en la cuneta. De lejos le pareció un perro atropellado. Pero al acercarse se dio cuenta de que era en realidad un cerdo. Un cerdo degollado tendido en la nieve. Supo enseguida que lo mejor sería pasar de largo, pero sin embargo se acercó. Se quedó mirando el cerdo muerto sobre la nieve y sintió cómo de nuevo el día se torcía. Al levantar la vista se encontró una vez más frente al bosque. En el bosque vio, a lo lejos, la cabaña. Una pequeña cabaña, con una chimenea de la que salía humo. Miró al cerdo una vez más e imaginó que aquella era la casa de la niña. Entonces recordó su reloj. El reloj de oro de su padre que esos ladrones del bosque le habían robado. No le importaban nada el dinero, o el teléfono, pero quería recuperar su reloj.

Hay cosas que uno puede permitir en esta vida y hay cosas que no. Hay cosas que se pierden y jamás se echan de menos. El reloj de su padre no era una de ellas.

Buscó entre las ramas un palo lo suficientemente grueso. Cuando lo encontró se sintió inmediatamente más seguro de sus fuerzas. Armado con un tronco, dejó la carretera y caminó hacia la cabaña en el interior del bosque...



29/04/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (7) Una vida diferente, por Ray Loriga


No tuvo que llamar a la puerta porque la encontró entreabierta. Todo el mundo sabe que no se debe entrar en las casas extrañas cuando la puerta está entreabierta, él también lo sabía, pero necesitaba recuperar su reloj. Hubiese entrado descalzo en el infierno para recuperar el reloj de oro de su padre. No tenía mucho más en esta vida. La Cabaña estaba vacía, lo supo nada más entrar, porque era tan pequeña que no había donde esconderse. Parecía más un refugio de montaña que una casa. Trató de imaginar qué clase de vida tendría la pobre niña, compartiendo aquella habitación con esos dos brutos. Había tres camas viejas, un sofá, frente a un televisor encendido, con el volumen quitado. Al fondo una cocina, la pila llena de platos sucios, y una nevera abierta, y un charco de sangre bajo la nevera. Tendría que haberse marchado al ver la sangre, pero no lo hizo. Se acercó a la nevera. Estaba llena de paquetes hechos con papel de periódico, ensangrentados. En la rejilla superior había dos paquetes grandes, redondos, que podrían haber sido dos hermosas sandías pero que seguramente no lo eran. Buscó con calma entre los paquetes, tanteándolos con los dedos, como un niño que busca bajo el árbol su regalo de reyes. Abrió uno, y se encontró con el brazo de un hombre cortado a la altura del codo, desgraciadamente era el brazo derecho. Abrió un par más hasta dar con lo que buscaba. El brazo izquierdo de un hombre mayor con su reloj de oro en la muñeca. Cogió su reloj, le limpió la sangre lo mejor que pudo con su abrigo, y volvió a dejar el brazo en la nevera.

Si hubiese sido más listo no habría hecho nada de esto y lo sabía, pero sabía también que si hubiese sido más listo toda su vida hubiese sido muy distinta, y ya era demasiado tarde para cambiar las cosas. A veces un hombre tiene que empezar a caminar por su vida sin pensar en lo que podría haber sido. Si algo tiene mal remedio, es la propia naturaleza. Salió de la cabaña y se encendió un cigarrillo. No estaba muy seguro de lo que debía hacer a continuación.

No le gustaba nada tomar decisiones, por eso se había hecho conductor. Era un trabajo sencillo. Recoger gente, llevarla a donde quiere ir, recibir órdenes y no hacer preguntas. Era una vida tranquila, hasta ahora. No le importaba lo que pudiese pasarle a ninguno de sus clientes una vez que abandonaban el coche, o un segundo antes de subirse en él. Tampoco era asunto suyo lo que dijesen o hiciesen dentro. No prestaba atención a sus conversaciones, a sus enfados, a sus lágrimas. Nada era asunto suyo. Sólo la carretera.

Había quebrantado sus propias reglas la noche anterior al entrar en aquella fiesta para rescatar a una mujer hermosa en peligro y todo había sido un desastre desde entonces. Si alguna vez salía de ésta, no volvería a hacerlo. Si conseguía recuperar su coche ya nunca saldría de él. Se hizo a sí mismo esta solemne promesa. Se sintió más tranquilo por un instante, pero sabía que esa decisión en nada arreglaba sus problemas inmediatos.

Descartó ir a la policía, no tenía ganas de pasarse el día dando explicaciones, y temía que acabaría siendo sospechoso de algo. Pensó en recuperar su coche y largarse de allí y no volver a pensar nunca en ello. Era lo más sensato y sin embargo no le gustaba la idea de que la niña volviese a su casa y se encontrase con su padre y su hermano descuartizados dentro de la nevera. Además estaba la mujer. Era su cliente y aún no la había llevado a su destino. Sabía que esto último no era más que una excusa. En realidad no soportaba la idea de no volver a verla. También un hombre como él tenía derecho a enamorarse.

Decidió por lo pronto alejarse de la cabaña y regresar a la carretera. Estaba harto de bosques encantados, la carretera era su lugar natural y no tendría que haberla abandonado nunca.

El sol había fundido ya casi toda la nieve. Empezaba a tener calor. Se sonrojó al pensar que se había reconocido a sí mismo enamorado de aquella mujer preciosa a la que no conocía de nada. Se sintió estúpido y extrañamente alegre al mismo tiempo.

Dos coches de policía le sacaron por un segundo de sus peregrinas preocupaciones románticas. Iban en sentido contrario a su camino, en dirección a la gasolinera.

Siguió andando y al pasar una curva, vio por fin su coche a lo lejos. Junto al coche había dos motos de la guardia civil y dos agentes inspeccionaban el interior del vehículo. Le molestó enormemente ver a dos desconocidos dentro de su coche. Dio media vuelta, sin saber muy bien qué hacer.

Dio cinco pasos y se detuvo. A menudo un hombre que no sabe a dónde va no tiene prisa. Y en cualquier caso ya había caminado demasiado esa mañana. Encendió otro cigarrillo y trató de no pensar en nada. Cerró los ojos, nada de lo que le había sucedido era culpa suya, todo había pasado por accidente, sin que nadie contase con él. No tenía por qué sentirse responsable de nada y sin embargo estaba nervioso. No como alguien que ha cometido un crimen, sino como alguien que sabe que los demás no saben que no lo ha cometido. No abrió los ojos hasta que escuchó el motor de un coche deteniéndose a su lado.

Era una vieja furgoneta, conducida por un hombre grande y grueso.

¿Le llevo a alguna parte?

Preguntó el hombre.

Sin saber por qué contestó que sí y subió al coche.

Estaba harto de andar.

Al entrar vio una gran pila de periódicos viejos en la trasera de la furgoneta...


05/06/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (8) Zigzag, por Ray Loriga


Ha matado ha alguien últimamente? El hombre que conducía la furgoneta no levantó los ojos de la carretera al oír la pregunta. Dos esta misma mañana, contestó, y tres más la noche anterior.

¿Piensa matar a alguien más?

No, hoy desde luego, estoy cansado. Es un trabajo enorme despedazar los cuerpos y hacer los paquetes del tamaño justo para que encajen bien en las bandejas de la nevera.

Por alguna razón creyó en lo que el hombre le decía y no sintió miedo. Se puede ser un asesino y no ser un mentiroso, son cosas que no tienen nada que ver, y aquel hombre decía la verdad. En cualquier caso pensó que sería buena idea pasar de largo la gasolinera, bajarse de la furgoneta, y volver luego a por la mujer y la niña. Le pareció que estarían más tranquilas si este asesino concienzudo pasase de largo y siguiera su camino, donde fuera que fuese.

¿Es de por aquí? Preguntó entonces el asesino, como si lo que acabase de contarle a un desconocido no tuviera la menor importancia. No, estoy de paso.

Yo también. Es un pueblo bonito, con el bosque y la nieve y todo eso, pero ya he matado demasiado por aquí. No me importa que me cojan, pero no quiero que me cojan todavía. Acabo de empezar, ¿sabe? He dejado los gatos hace nada. ¿Los gatos? Preguntó él.

Sí, se empieza siempre con gatos, supongo que es porque los perros muerden. Hay quien empieza con pájaros, pero para mi gusto son demasiado pequeños, es casi como matar insectos, no merece la pena.

El tamaño es importante. Nadie siente nada especial por matar una cucaracha o una araña, pero a la gente se le muda la cara si pilla un perro en la carretera. Tiene que ser lo suficientemente grande para que uno sienta que ha matado algo. Así que los gatos suelen ser la primera opción. Yo he dejado los gatos hace apenas nada. Antes de la fiesta de la pasada noche, sólo había probado con dos viejos vagabundos. Los viejos borrachos sin casa, esos que duermen bajo cartones, son lo más fácil, después de los gatos. Es el camino más común, no me he inventado nada nuevo. Hay que ir cogiendo confianza. Los tres de la fiesta eran mujeres. Primero iba a matar a dos que estaban dormidas en una cama, pero después entró otra en la habitación, tambaleándose, y como había visto que la nevera era lo sufucientemente grande... En fin, estaban las tres muy borrachas y creo que no se enteraron de nada. Los dos de la cabaña tienen mucho más mérito, eran dos hombres fuertes. Creo que he avanzado mucho en poco tiempo. Los hay que no pasan nunca de los gatos y los que no se atreven a ir nunca más allá de las mujeres, pero creo que no es justo matar solamente a quien no es capaz de defenderse. Una de las razones de meterse en esto es precisamente alterar las leyes de la naturaleza, no me parece bien dedicarse luego a respetarlas con sumisa cobardía. Yo me veo más como un cazador que como un asesino. Y un buen cazador cada vez busca una presa más grande.

Llegados a este punto, él se alegró sinceramente de no ser una pieza más grande y pensó que según ese estricto razonamiento tampoco la mujer y la niña lo serían. Aún así, no pensaba arriesgarse.

Tal vez este cazador tarado decía la verdad, pero tal vez sólo decía esas cosas para darse importancia. A la gente le gusta mucho oírse hablar y decir cosas muy serias que en absoluto tienen que ver con su conducta. Lo había escuchado mil veces. Mientras llevaba a sus clientes de un sitio a otro había escuchado una y otra vez las posiciones de importancia y rectitud que la gente se otorgaba gratuitamente. Pero si algo sabía a estas alturas de su vida es que la mayoría de las personas, él mismo incluido, no caminan en línea recta sino en zigzag.

Se estará preguntando por qué los dejo en paquetes perfectos dentro de la nevera. Dijo el hombre.

Lo cierto es que no se estaba preguntando nada, y menos eso. No podía importarle menos lo que hiciese aquel hombre con sus cuerpos. Pero se había dado cuenta de que se lo iba a contar igualmente porque a este asesino en particular le gustaba tanto presumir como al resto de sus clientes.

Por lo menos ahora él no conducía. Ya no era el chófer de nadie, así que tampoco le importaba escucharlo. Verá, es una cuestión de limpieza. No se puede dejar un cuerpo en descomposición Dios sabe cuántos días y además la tarea, y le puedo asegurar que es una tarea dura, de cortar los trozos y empaquetarlos le distrae a uno enormemente. Es, por así decirlo, relajante. Después del pánico que se siente al matar a alguien. Hay quien dice que no siente nada al matar, pero no lo crea, los asesinos son muy presuntuosos. Siempre se tiene miedo al matar. Y supongo que al morir...

Él pensó entonces que éste no era precisamente el menos presuntuoso de los asesinos, pero no dijo nada. Supongo que yo también le estoy pareciendo un poco presumido. Dijo entonces el hombre, y esta vez acertaba. Es imposible no crecerse un poco después de matar, no porque sea gran cosa, no soy tan idiota, sino porque durante mucho tiempo pensé que no sería capaz de hacerlo, que no era más que una loca fantasía. Hay mucha gente que sueña con matar pero no hay tanta gente que lo haga. Y hay muchos que no van más allá de los gatos. Casi todo el mundo ha mirado alguna vez hacia abajo desde un lugar muy alto y ha pensado en saltar, pero no hay mucha gente que salte.

Quedaba poco para llegar a la gasolinera. Si no le importa me bajaré en el siguiente pueblo, dijo él. Tengo que recoger allí a alguien.

No hay problema, respondió el hombre, pero antes tengo que poner gasolina y tal vez tomar un café.

La furgoneta tomó el desvío de la gasolinera y al llegar a los surtidores, pudo ver junto a la ventana de la cafetería a la niña y a la mujer de la que seguramente y estúpidamente se había enamorado.

¿Podríamos saltarnos el café? Tengo un poco de prisa. Dijo él.

No, no. Respondió el hombre.

El café es importante...



07/07/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (9) Un segundo, por Ray Loriga


A veces, a la policía le cuesta horas de trabajo, y no poca imaginación, reconstruir algo que ha sucedido en un segundo y que, como otras muchas cosas, podría perfectamente no haber sucedido nunca. No todo encaja y él lo sabía. Muchas cosas sólo suceden, sin responsabilidad ninguna para con el orden, o el sentido. Los ladrones de cerdos habían muerto sin saber por qué, como habían muerto esas pobres chicas despedazadas y cuidadosamente guardadas en el frigorífico, como podía morir él, si no hacía algo por impedirlo.

Volvió a sentir náuseas. Ésta había sido la peor mañana de su vida. Le habían golpeado, le habían robado, se había enamorado de una mujer a la que no conocía, había visto cuerpos descuartizados en una nevera, no tenía más remedio que cuidar de una niña que aún no sabía que era huérfana y se disponía a tomar café con un asesino. Además había perdido su coche, y él no era más que un conductor, y sin su coche ya no era nada. A veces, en un segundo, se pierde pie y todo se tuerce. Recordó haberse sentido muy bien cuando recogió a la mujer, en la ciudad, hace ya un día. Su trabajo era conducir a gente, de un lugar a otro, sin hacer preguntas, ni pensar demasiado. A gente que por lo general no le interesaba demasiado. Hombres de negocios, turistas, ancianas millonarias. Había estado conduciendo a los demás toda su vida, sin importarle mucho a dónde fueran. Tal vez por eso se había enamorado de ella nada más verla. Estaba harto de llevar a cualquiera a cualquier sitio. O tal vez simplemente estaba deslumbrado por su belleza, porque era una mujer que un hombre como él jamás habría conocido en otras circunstancias.

No era la primera vez que llevaba a una mujer hermosa en su coche, claro está, pero sí era la primera vez que ella le prestaba un poco de atención y además, no todas la mujeres hermosas son iguales, y él se había enamorado de ésta y no de otra, aunque sabía y lo sabía porque le dolía, que no tenía la más mínima oportunidad con una mujer así.

Y sin embargo, soñaba, porque todo el mundo tiene derecho a imaginarse una vida mejor que la suya, una mujer preciosa entre los brazos, un nombre distinto. Pero el tiempo de los sueños se había terminado. La carretera en la que estaba atrapado no era la carretera que querría haber tomado. La vida distinta, con la que soñaba, no era ésta. Se sintió culpable de un modo impreciso, como se siente culpable un hombre en mitad de sus propias pesadillas. Si existe algún tipo de responsabilidad sobre nuestros sueños, también entre nuestras pesadillas, no se es nunca del todo inocente. Soñar no es gratis.

Bajó de la furgoneta y esperó a que bajara el asesino. Al otro lado del cristal, en la cafetería, la niña levantó la mano para saludarle, pero él no respondió al saludo. La mujer, junto a la niña, intuyó que algo iba mal. El hombre se demoró cogiendo algo de la trasera de la furgoneta. Cuando por fin salió, llevaba un periódico doblado bajo el brazo con algo dentro. Al cruzar la puerta de la cafetería pudo ver la punta de un cuchillo de cocina grande mal escondido entre las páginas del diario.

Caminaron juntos hasta la barra. El asesino apenas miró a la mujer y a la niña y él las ignoró por completo. La niña trató de levantarse pero la mujer la sujetó por la muñeca.
El camarero no fue tan listo.

¿Otra cerveza?

Gracias. Dijo él.

Yo tomaré un café. Dijo el asesino, depositando suavemente el periódico con el cuchillo dentro, sobre la barra.

Así que ha estado aquí antes, tal vez por eso quería pasar de largo.

Sí, he estado aquí antes. Tuve un accidente y llevo toda la mañana tratando de salir de aquí.

Yo también quisiera estar ya muy lejos. Respondió el asesino.

El camarero sirvió la cerveza y se giró hacia la máquina de café, dándoles la espalda.

¿No tendrá usted un arma? Preguntó él.

El camarero se giró de nuevo.

Tengo una escopeta de dos cañones bajo la barra, respondió. ¿Por qué lo pregunta?

Porque este hombre sólo tiene un cuchillo de cocina. Dijo él, dando dos pasos hacia atrás. El asesino abrió el periódico y cogió el cuchillo.

La mujer se levantó, y tomó la mano de la niña. Estaban muy cerca de la puerta, pero no les dio tiempo a llegar. El asesino corrió hacia ellas con el cuchillo en la mano. A pesar de ser un hombre grueso, era rápido como un demonio. Para cuando el camarero sacó su escopeta, el asesino ya sujetaba a la cría por el cuello mientras acercaba el filo del cuchillo a su ojo derecho. Ahora tendremos que pensarnos esto con calma, dijo el asesino, para empezar deje usted esa escopeta sobre el mostrador, si no le importa.

El camarero sujetó la escopeta a la altura del pecho, apuntando al asesino y a la niña, sin saber qué hacer.


21/07/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (10) El corazón envenenado, por Ray Loriga


Y un segundo después todo había terminado. El hombre del cuchillo yacía en el suelo sobre su propia sangre. La mujer hermosa consolaba a la niña valiente. El camarero volvía a poner la escopeta bajo la barra de la cafetería y el conductor sin coche se fumaba un cigarrillo. A veces, en la vida, todo se encadena, todo encaja a la perfección en el entramado de la desgracia. Sucede igual con los milagros. Una sucesión de pequeñas fortunas sincronizadas casi por azar pueden resolver el más oscuro de los problemas, como quien camina silbando por un laberinto que, por una vez, conduce a la puerta de salida. A veces la vida se esmera en salvarnos con el mismo tesón que puso y pondrá, en otras muchas ocasiones, con el único fin de destruirnos. O eso, o la buena puntería. ¿Qué tal tira? Le había preguntado el conductor al camarero, mientras el asesino sujetaba el filo de su cuchillo junto a la pupila de la niña. Bastante bien. Había contestado el camarero, sin presunción alguna. Les doy a los conejos entre la maleza. Los conejos son pequeños y muy rápidos, había contestado el conductor.

Y sin embargo el camarero tenía miedo, porque era un hombre prudente, ¿Y la cría?, había preguntado mientras se llevaba el arma a la cara para apuntar.

La cría es valiente. Sabe lo que tiene que hacer. Y así fue. Un segundo antes de que sonase el disparo, la niña se agachó, el cuchillo se giró sobre el ojo de nadie, sin hacer sangre, y el asesino estaba muerto antes de saber qué demonios estaba pasando.

La mujer hermosa corrió a abrazar a la niña valiente. El conductor se acercó para asegurarse de que estaba bien. Apartó con cuidado el pelo del rostro de la niña y le miró a los ojos. Ni un rasguño.

No siempre salen bien las cosas, pero cuando salen bien, da gusto. El conductor encendió un cigarrillo y pateó un poco al muerto con la punta del zapato para asegurarse de que estaba muerto y de que no se levantaría como esos asesinos de las películas malas.

El horror, cuando termina, se convierte en cualquier cosa. Se recuerdan para siempre las desgracias que suceden, y se recuerdan con amargura, pero las que no terminan de suceder se las lleva el viento. Había muerto mucha gente durante los dos últimos días, pero nadie que el conductor conociera o tuviera porqué llorar. No eran sus muertos. La mujer estaba viva, la niña también, el camarero era, efectivamente, un cazador de primera.

No debe de ser nada fácil acertarle a un conejo al amanecer entre las ramas. Dispararle a un asesino en la cara tampoco, pero es de imaginar que quien mata lo pequeño y veloz, puede también con lo grande y lento.

¿Quién era ése?, nunca lo había visto por aquí. Preguntó el camarero. Creo que estaba de paso. Contestó el conductor. La mujer miró los zapatos del muerto. Eran los zapatos que había visto en la fiesta, tras la cortina. Es el monstruo que se coló en la fiesta, dijo. Sí. Respondió el conductor.

Tal vez me seguía. Dijo ella.
Seguramente no. Respondió él.

Hay gente que mata porque sí, sin tener que perseguir a nadie en concreto. Supongo que se creen la ira de Dios o algo parecido. Los asesinos suelen tener unas ideas muy raras sobre sí mismos. Cualquier idiota con un cuchillo se cree que es parte de una misión, o una leyenda, los asesinos le dan muchas vueltas a esas cosas. Imagino que pasan demasiado tiempo solos.

Yo también paso mucho tiempo sola, dijo la niña, y nunca he matado a nadie. Es cuestión de corazón, dijo él, hay gente que lo tiene envenenado.

De pronto se dio cuenta de que por fin ya no le dolía la cabeza. No hay como el rugido de un disparo para terminar de despertar de una vez. Sintió que las cosas se ordenaban con cierta placidez. Pensó que no tenía más que llevar a esa mujer finalmente a su destino, y tal vez cuidar de esa niña, para que todo tuviera de nuevo un orden aceptable.

Le gustó imaginarse algo ordenado. Tal vez deberíamos limpiar todo esto. Dijo el conductor.

El camarero dejó la escopeta bajo la barra y se fue a buscar un cubo y una fregona.


16/09/2008

RAY LORIGA / Fotos: JOSÉ ANTONIO LORIGA para MAN

Relatos encadenados (11) Rosas de plástico, por Ray Loriga


El conductor palpó las ropas del muerto buscando las llaves del coche. Cuando dio con ellas, le preguntó al camarero qué pensaba hacer con el cadáver.

Yo me encargo, dijo el camarero, como si fuese la cosa más normal del mundo, como si hiciese desaparecer muertos todos los días.

Váyanse... añadió, y hagan como que esto no ha pasado.

Gracias, dijo la niña.

Salieron de la cafetería como una familia, pero apenas se conocían. El conductor, la mujer y la niña no tenían en común más que una serie de crímenes cometidos por un hombre que ya había muerto. Y sin embargo el conductor se sentía bien en su compañía… A veces sucede que entre desconocidos se crea por un momento la ilusión de una cercanía y un consuelo, que en realidad no existen. O tal vez es al contrario, tal vez la realidad, el territorio de lo normal y conocido nos cuenta cosas de nosotros mismos que no son del todo ciertas.

Abrió la furgoneta, la niña se sentó detrás y la mujer y él delante. Se alegró de tener de nuevo un coche, aunque fuese el coche de un asesino en serie. Al fin y al cabo era un conductor y eso es todo lo que era, y sin un coche y nadie a quien llevar, no era nada.

La niña encontró en el suelo un ramo de rosas.

Son de plástico, dijo con cierto fastidio. Nunca había visto un ramo de rosas de plástico. En realidad nunca había visto un ramo de rosas. ¿Puedo quedármelas?

Supongo que sí. Dijo la mujer.

Antes de arrancar, el conductor pensó a dónde ir. No podía llevar a la niña a su casa porque allí sólo quedaban los cuerpos despedazados de su padre y su hermano. Tendré que cuidar de ella para siempre, pensó. Y la idea no le pareció del todo mal. En cuanto a la mujer, volvería a dejarla en la ciudad, en el lugar exacto donde la había recogido. Eso era lo que le gustaba de su trabajo, dejar a la gente sana y salva en algún sitio y no verlos nunca más. Ojalá se pudiera dejar todo en algún sitio para no volver a verlo. Ojalá se pudiese no pensar de nuevo en lo que ya se ha pensado. Ojalá se pudiese enterrar a los muertos y olvidar sus nombres. Ojalá se pudiesen olvidar los besos, las miradas, todo lo que se ha hecho y las razones que nos movieron a hacerlo. Ojalá se pudiera seguir viviendo sin el recuerdo de lo vivido.

El conductor se dio cuenta de que no tenía nada que valiese la pena guardar y se dio cuenta también de que su trabajo era conducir a los demás y abandonarlos. Se preguntó si sería capaz de cuidar de esa niña y si no sería mejor buscarle un lugar seguro muy lejos de él. Se preguntó qué clase de hombre era y porqué demonios no conseguía albergar ninguna de las emociones que consideraba normales. Ni miedo, ni angustia, ni rencor, ni esperanza, ni nostalgia, ni cariño, ni siquiera un interés por pequeño que fuera por su pasado o su futuro. Se preguntó finalmente si estaba vivo y concluyó que sí, pero de una manera muy rara.

Mientras abandonaba la gasolinera y tomaba la autopista, pensó cómo sería para los demás este oficio de vivir. De dónde sacaban las fuerzas y el entusiasmo.

La mujer dijo algo que no escuchó. La niña entonó una cancioncilla, los árboles proyectaron una sombra corta, de mediodía. La vida, su vida, se había terminado hace tanto tiempo que no era capaz de señalar cuándo. De niño había soñado con algo, algo que quería hacer o alguien que quería ser de mayor, pero ya era mayor y no era nada.

Se distrajo conduciendo, mirando las líneas de la carretera y trató de no pensar en nada más.

¿Por qué le había besado esa mujer?

¿Volvería a besarlo de nuevo?

Seguramente no. Le costó aceptar esa idea. Miró a la mujer sin que ella se diera cuenta y deseó que todo fuera muy distinto. Que hubiera aún otro beso. Que a este día absurdo le siguiera otro mejor, pero tampoco creyó merecerlo.

Rosas de plástico para un hombre muerto.

La carretera se alargaba mientras conducía. Jamás llegaría a ningún sitio.


18/09/2008

RAY LORIGA

Relatos encadenados (12): La niña manda, por Ray Loriga


Mi abuela vive a menos de cincuenta kilómetros de aquí, puedes dejarme en su casa, ella me cuidará bien.

Él se habìa imaginado capaz de cuidar de la niña pero, también se había imaginado otras muchas cosas que nunca sucederían.

¿No quieres volver a tu casa? Preguntó la mujer.

En mi casa ya no hay nada. Dijo la cría. Mi padre y mi hermano ya están muertos.

¿Cómo lo sabes? Pregunto èl.

Porque yo le pedí que los matara. Respondió la niña. Y después se puso a mirar, distraída, por la ventanilla, como hacen los niños cuando han dado por zanjado un tema del que no tienen nada más que decir.

El conductor lo aceptó con tranquilidad, se había acostumbrado a aceptarlo todo por extraño que fuera. La mujer guapa, sin embargo, no estaba dispuesta a olvidar el miedo que había pasado en las últimas horas. No le gustaba pasar miedo y no le gustaba que no le dieran explicaciones. Era la clase de mujer que exige explicaciones sin sentirse obligada a darlas. Algunas mujeres muy guapas son así.

¿Qué pasó en la casa, en aquella fiesta? ¿Por qué mató a esa gente? ¿También fue idea tuya?

Sí y no. Dijo la niña. Me encontré a ese hombre en el bosque y me dijo que era un asesino y yo me reí y le dije que con me lo creía y él dijo que me lo demostraría y yo le dije que en esa casa fuera del bosque hacían fiestas con modelos y actrices y ricos y gente que no me gustaba y que sí podía matar allí y clavar doce rosas en la nieve, sabría que era un asesino de verdad y que lo había hecho por mí y que entonces le dejaría matar a mi padre y mi hermano y me iría con él.


La niña hizo una pausa, un poco aburrida de su propia historia, antes de continuar.

Aunque esa parte no era verdad. No pensaba irme con él, sólo quería que matase a mi padre y a mi hermano porque me pegaban y me hacían otras cosas y yo tenía muchas ganas de irme con mi abuela, que me quiere mucho y me cuida bien.

Estáis todos locos. Dijo la mujer, enfadada.

El conductor no se atrevía a decir quién estaba loco y quién no, ni le parecía que fuese cosa de locos salirte con la tuya cuando todo está en tu contra y eres mucho más pequeño que el tamaño de tus problemas. Le pareció, por el contrario, que la niña estaba muy cuerda y era la mar de lista. Él nunca había sido capaz de lograr que los demás hiciesen lo que quería. A decir verdad, ni siquiera había conseguido nunca saber qué demonios quería.

¿Dónde vive tu abuela? Preguntò.

Cincuenta kilómetro en línea recta, dijo la cría. Yo te aviso cuando llegue el desvío.

Perfecto. Penso él, por fin alguien le decía a dónde ir. Ése era su trabajo. Ya no tendría que pensar en nada más.

La mujer cerró los ojos. Quería quedarse dormida y despertar en la ciudad, cuando todo hubiese pasado y, seguramente, quería también no volver a recordar nada de esto, puede que incluso tuviese otras cosas que olvidar.

Algunas mujeres guapas se olvidan fácilmente de lo que no sale del todo bien y no se las puede culpar por ello.

El conductor, en cambio, estaba condenado a recordarlo todo. Su vida no estaba llena de episodios memorables, y además era absolutamente incapaz de olvidar un crimen, o un beso.

FIN





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viernes, diciembre 12, 2008

El color de mis sueños.

Tu mirada tenía el color de mis sueños. Una mezcla de atardecer eterno y niebla azul. Recorría con mi mirada tus parpados perfectamente delineados y me preguntaba qué vendría luego. Entonces cerraste tus ojos, diste media vuelta, tu pelo me pegó en la cara y te fuiste no sin antes salpicar mi ropa con tus lágrimas. Nunca me había sentido tan solo en mi vida. Luego, todo lo que recuerdo es el ruido.

 

-.-

 

Tus desgracias y las mías se encontraron en un paseo al campo en el que ninguno de los dos quería estar. De eso hace ya muchos años. El viaje de vuelta lo hicimos juntos en el auto de alguien. No hablamos nada. Nada más que el frío "hola" con que nos saludamos aquella vez. Después no te vi más. Aun no tenías nombre. Eras, cuando les contaba a mis amigos de ti, simplemente "ella".

 

-.-

 

El tiempo fue dejando cicatrices y nuevas heridas. Todo pasaba y nada era como yo quería que fuera. Tu fantasma sin nombre rondaba mis noches despierto y nunca esperé algo bueno, salvo que el sueño no tardara en calmarme, lo que nunca ocurría antes de ver los primeros rayos del sol. Fue en esa época en que, según yo inteligentemente, me dediqué a vivir de noche.

 

-.-

 

Nuestras historias se dibujaban en arena y sabíamos que la marea de nuestros verdaderos sueños volvería las cosas a su sitio y borrarían todo rastro de ese momento de nuestras vidas. Mientras, jugábamos a querernos. Mientras, nos veíamos desde afuera como descansando de nosotros mismos. Mientras, esperábamos que la desesperanza se tomara su tiempo.

 

-.-

 

Pero tú, y tu nombre, se fueron fundiendo con mis sueños hechos realidad y a veces despertaba solo y toda esa ensoñación se transformaba en el invierno más duro concentrado en una sola habitación. Y se volvía a llenar de gris y de sombra y de pena y de ruido. Todo en una sola habitación como si el mundo se despojara de lo que produce inquietud y abriendo mi puerta de golpe, la arrojara a mis pies.

 

-.-

 

A veces me pregunto qué fue del tipo que saludaba todas las mañanas en el espejo. Ese que confundía los días con las noches cunado estaba contigo. Y a veces lo veo, solo, siguiendo tus pasos invisibles. Otras veces me pregunto que fue de ti y a también te veo por ahí, y te veo conmigo. Con mi recuerdo colgando de tus ojos color de noche. Cayendo tras de ti gota a gota. Como lágrimas.



 

martes, noviembre 18, 2008

10 cosas que uno aprende y entiende cuando tiene más de 30...

(Lista absolutamente subjetiva y completamente ampliable)

 

1.- Los niños no tiene la culpa;

2.- La gente no cambia, sólo se ve distinta;

3.- Lo que natura non da… Salamanca non presta;

4.- La desesperación y la soledad no deben llevarlo a uno a "salir a buscar el amor", porque se puede encontrar cualquier cosa;

5.- Se aprende más de un beso de la persona correcta que de una lección de la persona adecuada;

6.- Los verdaderos y buenos amigos son tan pocos, que aunque vivas en un pequeño departamento, siempre vas a poder alojarlos en él.

7.- El rencor, a la larga, lo hiere sólo a uno;

8.- "No" significa "no", pero no significa "nunca";

9.- Uno no conoce gente encerrado en su habitación;

10.- Todo puede ser una gran historia si no juegas a ser el héroe.

 

Bonus Track

(Tomado de "Tokio ya no nos quiere" de Ray Loriga)

 

No confíes tanto en tu memoria, porque es como un perro tonto: le tiras un palo y te trae cualquier cosa.




lunes, noviembre 17, 2008

Sesión

-Cómo es que te levantas, si cada noche rezas por no volver a despertar?

-Por eso voy al trabajo como quien va a una guerra, pensando que en casa o lejos de ella existe la esperanza de acabar con todo.

-Y el dolor?

-Es un costo que no estoy muy seguro si es que estoy dispuesto a asumir.

-Me he dado cuenta que cada vez que vienes, cuelgas tu sonrisa en la entrada y te la vuelves a poner al salir.

-Sí, es complicado. Me cuesta sonreír cuando hablo de mí.

-También te he visto llorar.

-Es cierto… pero no lloro por mí, lloro por estar aquí. No con usted. Sino por verme en la necesidad de pagarle a alguien para poder engañarme y hacerme creer, al menos por el tiempo que dura la sesión, que existe la posibilidad de que todo esté bien.

-Qué más pides cuando rezas?

-Que no me olviden.


viernes, noviembre 07, 2008

Sin Alas

            Un hombre cruza una gran ciudad que no le pertenece buscando algo. Algo que valga la pena el viaje. Algo que espante a los fantasmas que lo persiguen y lo saquen de esa inmaterialidad asfixiante que le aprieta el pecho hasta dejarlo sin aliento.

Al pasar, las vitrinas lo reflejan tal como es, un ser difuso, ajeno, como una parte de otra vida que se entrecruza con la suya y lo hace estar en un lugar al que no sabe como exactamente llegó ni como diablos debe salir. Se siente atrapado por los reflejos de todo, como detrás de los espejos, como Alicia, pero sin conejos que seguir, sólo viendo como todo pasa sin tocarlo.

Es un día gris y las tristes notas de Satie rebotan en su cabeza… piensa que si lloviera todo sería de alguna forma mejor. No perfecto, pero mejor.

Avanza por la gris, también, acera y las imágenes en Polaroid de su infancia van pasando una a una sin necesariamente un orden… sólo se deslizan en su memoria y va tratando de recordar el sabor de esos dulces que tiene en la mano, o el cosquilleo de la arena entre sus pequeños pies o el tibio sol de Abril en su cara.

Entonces cae de rodillas, se lleva las manos a la cara y llora. Llora como si fuera lo mejor que sabe hacer, sus manos se desbordan y las lágrimas mojan el cemento. No sabe bien el porqué de esa pena, sólo sabe que a veces viene y no hay nada que hacer al respecto. Sólo se arrodilla y llora. No es el consuelo lo que busca. Solo llora. Un extraño alivio lo invade y sigue llorando hasta que el cansancio lo deja rendido. Pero sabe que no es tan fácil vaciar eso que lo ha tornado gris, como todo lo que ve.

La gente pasa sin mirarlo y eso le parece más necesario que normal, si no fuera así, cambiaria todo, seria un infierno, ardería en las llamas de las preguntas que le queman el alma porque sabe que no puede contestarlas. Preguntas impertinentes y vacías, preguntas que sólo quieren saber por saber, preguntas de libreto, de espectador, sin un fin, sin una necesidad, sin siquiera la intención de ayudarle a buscar una luz que ilumine su desdichado rumbo… preguntas que soplan las brasas sobre las que camina.

El día se hace noche y se pone de pie y continúa su búsqueda, trata de ver las cosas desde arriba y abajo, sube edificios y quiere jugar a ser avión de papel, cruza puentes soñando con ser barco a la deriva y avanza por calles soñando ser un auto sin frenos, pero todo sigue como en una foto que congela el tiempo, el espacio, a la gente y a su normalidad.

Nada va a cambiar de aquí a mil años, porque somos apenas personas… personas que quieren jugar a ser otra cosa, piensa.

Un hombre cruza una gran ciudad sólo para encontrarse a si mismo y convencerse de que no es nada más ni nada menos que sólo un insignificante hombre y no el ángel que creyó capaz de cambiar vidas para bien y para siempre.

lunes, septiembre 29, 2008

Gracias...





Ayer me regalaste una canción tan linda como las que yo también recuerdo cuando no dormías junto a mí, ni paseabas conmigo por el centro, ni bebiamos cerveza en el patio compartiendo un cigarro... disfrutando de la tibia brisa que nos regalaba ese verano tan ardiente que todavia nos quema cuando recordamos aquella casita...

A ti, debo agradecer las buenas costumbres del hombre casado, el orden y el olor a limpio...
Mis revistas en un mueble y mis libros todos en un solo lugar...
El calor de mi refugio de invierno, como llamo a tus abrazos,
Y el lento acariciar de tu boquita de beso.

Y por esos besos, te regalo aquella canción que alguna vez lloré por ti, pero que ahora escucho de camino a casa y me hace apurar el paso solo para verte.

Te amo.

* * *

Aquellos besos

Aquellos besos que ya no vuelven
convierten mi vida en algo raro
tus besos eran mi faro
la única luz que guiaba mi rumbo
en la oscuridad del mar
y la tormenta
no existe nada igual
que aquellos besos míos
tus besos
aquellos besos tan dulces
como aquellos besos nuestros
que son del color de tu ropa interior
siempre me volvieron loco de amor
gracias jaime por la frase
y apurarme una sonrisa
no se pude creer
donde hubo un amor queda brisa, ceniza
no sé si enterarte de mi pena, penita pena
te va a dar mas rabia
o ni siquiera me dedicas eso
como me puedo sentir cuando sé
que no voy a encontrar una chica igual
a mi otra mitad
la otra dueña de aquellos besos
que eran mi descanso
mi fantasía sexual
las ganas de volver a casa
a encontrar todo igual
aquellos besos míos
tus besos
aquellos besos que ya no vuelven
convierten mi vida en algo raro
tus besos eran mi único faro
mi única luz

un beso de aquellos besos
un beso de aquellos, aquellos besos
un beso de aquellos besos




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martes, septiembre 23, 2008

Flashback




He encontrado una foto que parece el cuadro de de una película hecha en super8. Estoy yo saludando con la mano. No debo tener mas de seis años. Es un atardecer de verano y estoy en la playa puede ser Constitución, pero lo más probable es que sea Pichilemu, mi familia iba allá casi todos los veranos que recuerdo. No recuerdo quien la tomó. Hasta yo me alejo del recuerdo que tengo de mi mismo y de esos viajes y pienso si pude una persona olvidarse de sí, tanto, que necesita de apoyo visual para hacerse una idea de cómo era.


Miro los ojos de ese niño que era yo y están llenas de algo que ya no veo cuando me miro al espejo. Quizá sea la energía, la vida… tal vez sólo sea la inocencia o el hecho de carecer de recuerdos marcados en mi memoria, y no esa confusión de imágenes y personas que tengo ahora, esos recortes de películas inolvidablemente tristes que no tiene ningún orden lógico o de tiempo, como la primavera y sus aromos y sus árboles Copn flores desnudas, con lluvias de pétalos y viento tibio al atardecer. No se que me falta, solo sé que ya no está.


Cierro lo ojos y trato de volver a esa playa, de entrar en ese pequeño cuerpo mío y volver a sentir que todo va a estar bien, porque al menos en mis recuerdos de fotos viejas tengo la certeza de que voy a hallar paz. Y me detengo en ese atardecer silencioso, callado, calmo, como todos los recuerdos que me traen a la nostalgia de visita. Y en esa ausencia de ruido me veo a mi mismo correr en la arena. Perseguido por nada. Tratando de alcanzar la brisa o de llegar al sol antes que desaparezca tras esa línea inquieta que marca el límite de mi plano mundo infantil. Corro sin el cansancio que sentiría ahora, veinticinco años después, y todo a mi alrededor está quieto, como mis otras fotos sin gente, esa fotos que suelo tomar a las nubes o al agua o a mis zapatos. Y quiero quedarme allí y no salir jamás, o hacerlo solo para venir a buscarte para que te quedes conmigo en mis mejores recuerdos difuminados en los bordes. Porque no tengo hermanos pero siempre te esperé a ti, ¿sabias?, para que juegues conmigo y estés en todas mis fotos viejas.


A veces, imagino que nos conocemos desde siempre y que es tu sonrisa de niña la que hace brillar mis ojos.


Nos sentamos y vemos los pájaros inmóviles y los puntitos de luz que produce el reflejo del sol en el mar. Y tú tomas mi mano y yo te miro y no decimos ni una sola palabra y me veo como me ves a veces, como un pequeño tonto abandonado a tus ojos de muñeca, y todo lo que me rodea ahora me da lo mismo, mientras estés junto a mi, y congeles el tiempo con tus besos. Como en una foto.



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miércoles, julio 23, 2008

Herejía.


Gracias a mi compadre
Carlos por la traducción XD

Cristiandad
: la creencia de que un zombie cósmico judío te otorgará vida eterna si simbólicamente comes su carne y telepáticamente le dices que se convierta en tu Señor, para que pueda remover de tu alma una fuerza maligna que esta presente en la humanidad desde que una mujer nacida de una costilla fue engañada por una serpiente parlante de que debía comer una fruta de un árbol mágico... es muy coherente



CASCOS
No se necesitan cuando tienes fe.

* * *

Edición 05082008



FE
No sólo desees poder volar. Extiende tus brazos y alcanza el cielo.




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miércoles, julio 09, 2008

+Le Terrible Enfant +



(flogstalgia= nostalgia + flog)

Le terrible enfant haciendo de las suyas
(cuarto cumpleaños, 1981, en la esquina de la mesa, con chaqueta de buzo celeste con rayas rojas (muy vintage) y la buena chasca)

La verdad es que no me gustan los cumpleaños, o sea, sí me gustan, los que no me gustan específicamente son los míos.

Pero lo que menos me gusta es que me canten la cancioncita esa

Así que en aquella oportunidad opté por cambiar la forma como se cebrarían mis cumpleaños

Y me dije:

"La fiesta es mia
la torta es mia
a estos niños los invitó mi mamá,
lo que no significa que sean mis amigos"

Asi que no me importó
su bolsero apetito
ni sus teniditas compradas para la ocasión
ni sus mamones cortes de pelo
ni el cóctel (o coctail)
ni el esmero de mi madre y mis tías
que miraban absortas
mucho menos lo higienico de mi decisión,
entonces,
metí la mano en la torta

Y se acabó la fiesta
porque la fiesta era mia

(Notesé la expresión estremeciminento de los otros niños... como diciendo "cuando iran a inventar el celular al alcance de todos para tener yo uno y llamar a mi papá o a mi mamá y que vengan a buscarme y me alejen de este maldito lunático precoz")




Qué parte de NO-ME-GUSTA-ESA-MALDITA-CANCIÓN no entendieron???!!!

Ven... si lo que digo es cierto...


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