sábado, marzo 05, 2016

Hoy.

Apoya su cabeza en mi hombro
y quiero abrazarla.
No dejarla ir.
Dejar que su perfume
me embriague
como lo ha hecho siempre.
Pero hoy no.
Como ayer tampoco.
El corazón me late
en un impulso ciego de besarla,
pero hoy no.
Como ayer tampoco.
Y me voy a casa
sin nada.
Bueno,
casi nada.
Sólo su perfume,
su calor,
su mirada,
su sueño,
su sonrisa,
su voz,
su silencio
y mis ganas de que sea hoy,
no mañana.

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sábado, febrero 13, 2016

Cazador.



La presa estaba justo frente a mí. No me veía, pero estaba alerta. Se agazapaba en el matorral que era su única protección. No había un tú o yo. Sólo su suerte de que errara mi tiro, un tiro certero desde mi posición.

Me hice cazador porque me cansé de huir. Era yo el perseguido. Siempre en la mira. Escapando, incluso de lo que no me perseguía. Aullaba a la luna por un poco de compañía. Para no morir solo, que seguro iba a pasar. Me rozaban las balas y me herían. Pero nunca pude morir. Porque mi muerte iba a ser la certeza del disparo que buscaba. No quería morir en manos de nadie que no fuera mejor que yo en eso de matar. Por eso me perdí en el bosque.

Vagué años antes de entender que cazar o ser cazado es de lo que se trata la vida. Vivía de lo que encontraba. Bebía lo que había para beber. Y dormía en cualquier lugar. Todo daba lo mismo, porque buscaba matar lo que me habría de matar a mí.

Esa mañana había dejado una nota en mi cabaña. "No volveré si no es para cenar mi destino derrotado". Salí sin cerrar. Dejé atrás todo lo poco que tenía. Me interné en la oscuridad de los árboles y, junto al río, me tendí a esperar. Días. Noches. Y más días. Y más noches. Porque no me iba a rendir.

Una mañana, mi presa quiso beber. Había recorrido su vida hasta el momento en que debía toparse conmigo. Y no me vio. Su final le apuntaba sereno. Como si no le importara.

Le dejé beber. Saciar su sed de semanas. Que sintiera el agua fresca recorrerle hasta que se saciara. Sin prisa. Disfrutando la satisfacción de volver a vivir luego de tanto tiempo caminando.

Cuando llegó el momento, mi dedo en el gatillo no vaciló. El ruido sordo del disparo vació al silencio de su calma. Los pájaros huyeron. Los árboles temblaron. El viento se detuvo un instante.

Entonces vi a la muerte.  Al otro lado. Tan lejos como tangible. Acarició a mi presa que yacía inerte y aún tibia. Contuve la respiración y volví a jalar el gatillo, pero no le di a nada.

La muerte vino hacia mí. Se sentó junto al matorral que me ocultaba y vi sus ojos sin expresión. Fue ahí cuando entendí que nada que deba morir sería mío.

Tú no das la vida, pero la quitas –dijo-. Eso no te convierte en un dios. Sólo eres un pequeño tirano esperando ser tiranizado. Porque de eso se trata la cacería. Pierdes un poco de vida con cada una que tomas. Porque no cazas para vivir, sino para vaciar tu existencia de aquello que hace latir tu corazón. Más te valdría disparar al aire si es que crees que un ángel podría caer muerto a tus pies. Al menos eso sí podría pasar.




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jueves, septiembre 17, 2015

Delicias conyugales.




Habíamos tenido tantas veces la misma discusión que ya la oía sin interés. Habría podido recitar sus argumentos si hubiera querido, pero no quería. Lo que quería era que se callara. Cuando por fin fue mi turno de hablar, si es que en ese monólogo existía tal cosa, me limité a mirarla y a beber de mi copa. Ella exigía una explicación que yo no tenía. Tampoco tenía ganas de esforzarme por encontrarla. Nada iba a cambiar de todas maneras.

Desde mi rincón vi volar los platos. La comida en el suelo. Y sus manos cubriendo su rostro. Nunca pude averiguar si lo que realmente sentía era rabia, porque su ausencia de entusiasmo o su cansancio, no sé, eran para mí un guion malamente ensayado.

Recuerdo haber ido por cosas para limpiar, mientras ella se encerraba en nuestra habitación que, para esos efectos, se convertía en su fortaleza.

Puse la televisión sin volumen y esperé a que viniera el sueño. En mi cabeza giraban ideas incontables, pero todas terminaban con sangre. Apagué el televisor y puse música. Encendí otro cigarro y decidí hacer algo. No en ese momento. Quería pensarlo mejor. Así que decanté mis pensamientos con alcohol hasta que casi me dormí en el sofá.

Cuando espabilé, ya era de madrugada. No hacía frío. Tomé las llaves del auto y salí. Di vueltas por la ciudad buscando algo que no encontré. Hasta que por fin todo pareció encajar. Me acerqué a un cajero automático y saqué todo el dinero que pude. Tiré una moneda y la cara de un prócer de la patria me dijo que fuera hacia el norte. Lo que no me dijo era si debía volver en algún momento.

La carretera se abría para mí como las piernas de mi primer amor. Con facilidad. Con calma. Sonriéndome. Y yo, torpe, sólo pensaba en mí. El sol despuntaba cuando el hambre pateó mi estómago. Pasé a una bencinera a cargar combustible y comer algo. Devoré con furia, pero no toqué el café. Lo dejé para después. Una vez afuera, la hora más fría era tan inclemente como se supone que debe ser. Los camiones hacían vibrar el suelo donde estaba sentado mirándolos pasar.

En retrospectiva, ha sido una de las pocas veces en que me he sentido un tipo normal. Con un café en una mano, un cigarro en la otra y algo que hacer. Las decisiones no se me daban tan bien en ese entonces, pero de viajar no me he arrepentido nunca. Volví al auto y tome la carretera otra vez. Puse la radio, busqué alguna canción de la infancia en una radio AM que me acompañaría tanto como el alcance de la estación, hasta que la encontré. Despecho. Soledad. Traición. Abandono. Eso era el amor en los ochentas. Eso ha sido el amor desde siempre.

Bajé las ventanillas para que entrara ese aire violento del exceso de velocidad. Para que se llevara hasta el último vestigio de duda que pudiera quedar. Pero la duda es como una mala idea, tentadora y perversa. Así que viajé con ella. Por si algún día decidía volver.

Tome la salida que debía tomar. Entré en una ciudad que apenas alcanzó a conocerme. Casi no había gente en las calles. Las almas viejas que me veían pasar se me quedaban viendo. Yo les sonreía de vuelta. Me detuve y conseguí un periódico, leí las noticias locales y noté que todo seguía igual. Luego pasé a una tienda, compré mi excusa, bellamente envuelta en un papel tan brillante como la mentira. Volví al auto y enfilé por la calle principal hasta los suburbios. Los vecinos paseaban a sus perros. Las vecinas trotaban. Y uno que otro jardinero embellecía ese paisaje idílico.

Me detuve frente a una casa pintada de azul. Apagué el motor y bajé. Me miré en el reflejo del espejo del conductor y deseé no haber pasado la noche en vela. Me arreglé el pelo y enfilé por el camino de la entrada. Saqué las llaves de mi bolsillo y entré en silencio. Subí al segundo piso y entré en su habitación. Mi mujer dormía plácidamente. La besé en la frente y ella sonrió. Me miró soñolienta y le mostré orgulloso las flores que le había comprado. Ella saltó de la cama y se colgó de mi cuello. Me besó como a un soldado que vuelve de la guerra. Me acosté junto a ella y dormimos abrazados. Extrañaba su olor. Su calor. Su piel siempre blanca y suave. Por un momento me sentí en casa otra vez. Y me hubiera gustado que el hogar que siempre he buscado fuera ese instante de claridad. Porque un hogar no es un lugar, es el momento en el que quieres vivir.


Uno nunca sabe dónde está el cielo hasta que lanza una moneda al aire.


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domingo, junio 21, 2015

Fundido a Negro.



"Famoso, adj. Notoriamente miserable". -Ambrose Bierce.


Las historias que tengo para contar son lo de menos. Mi vida no son mis historias, como creen. Mi vida es lo que no se cuenta. Un reducto de soledad y buenas canciones. Eso es lo que guardo para mí y es lo mejor de mí. Lo que tengo que contar es lo que no puedo dejar guardado. Son las tormentas que pasan sólo si las dejas ir. Para que las disfruten otros, como las disfruté yo en su momento. Aunque no soy un fan de las tragedias. Las tragedias le gustan sólo a la gente trágica. No me refiero a tragedias como la de Edipo o la del Titanic o la del Hinderburg. O a más recientes, como la de las torres gemelas. Recordadas por la historia. La gente trágica disfruta de esas tragedias minúsculas. Que no le importan a nadie más que a ellos. Sus propias tragedias. Las insignificantes tragedias personales no son más que el reflejo de lo grandes que se sienten, sin serlo. A todos nos suceden cosas. La mayoría las sobrevivimos y aprendemos de ellas. Pero eso no cambia nada. El mundo sigue sin que le importemos. Nunca he podido entender eso de los demás. Qué les hace pensar que son tan importantes. Cómo se ven que piensan que al resto nos debería importar lo que les pasa. Quiero decir, he visto portadas de diarios con fotos de gente insignificante, que llama la atención de gente más insignificante que se preocupa de lo que les pasa. Que si se puso tetas. Que si se murió por imbécil. Que si la embarazó el más idiota del mundo y ahora no quiere reconocer a su hijo, como si no hubiera sabido eso en primer lugar. Autodenominadas noticias que se van tan rápido como llegan. Gente que desfila ante ellas y opina y se preocupa y luego sigue con sus vidas. Como si esas insignificantes vidas rellenaran el vacío de las suyas propias. El existencialismo no es lo mío. Confío en quien se supone debo confiar y hasta que merece mi confianza. Luego de eso, sigo con mi vida. La comparto con quien me comparte la suya y no me arrepiento de haberlo hecho aunque a cambio no haya recibido mucho. Bueno, me arrepiento sólo un poco, a veces, pero en general creo que estuvo bien. Digo lo que pienso y trato de no herir a nadie. Se me olvida que la verdad duele a veces. Y muchas he tenido que tragarme la rabia de saber mis propias verdades. Pero en silencio. Sin escándalo.

El otro día reflexionaba sobre las penas negras. Se me vino a la mente porque yo mismo andaba vestido de negro. Y llegué a la conclusión que la vestimenta y las penas negras tienen algo en común. La elegancia. Pero no la elegancia en un sentido puramente banal. La elegancia como algo digno de destacarse. El negro representa –o es, se supone- la ausencia de luz, o lo que es lo mismo, la oscuridad. Eso que impide ver lo que guarda. O lo que esconde. El negro no busca destacar. Está presente, hace lo suyo en silencio y se va cuando debe irse. O se queda y uno aprende a convivir con él. Como con la depresión. El color negro y la pena negra tienen dignidad. No buscan la luz, se esconden de ella. Incluso ante la luz se camuflan como una sombra más. He visto gente enfrentada a una tragedia personal y la ve como una oportunidad de brillar. Gente nefasta que sería capaz de lanzar fuegos artificiales con tal de hacerse ver en desgracia. Penas colorinches y chabacanas. Penas ordinarias y deslavadas, después de todo. Brillar en la desgracia, eso es lo que le gusta a la gente trágica. Eso es lo que no me gusta de ellos. Eso es lo que me hacer mirar las portadas de los diarios y sonreír condescendientemente. 

Algunas veces combino negro con gris. Es cuando trato de parecer normal. Otras visto una camisa blanca. Es cuando no quiero parecer un inadaptado. La elegancia, en todo caso, se mueve en la escala de grises. Y solo puede adornarse con algo rojo. Como la sangre.



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domingo, abril 12, 2015

Domingos dominicales.



Conozco un restaurante que es como viajar en el tiempo. A los ochentas. Una fuente de soda. Un sueño de infancia con olor a frituras y cerveza reposada. La gente que trabaja ahí me saluda y me pregunta cómo estoy. Saben qué quiero comer. Saben qué quiero beber. Es como estar en casa. O en la casa de otro igual a mí pero hace treinta años. Suena música que me recuerda a mi tía haciendo aseo o a mi nana preparando la comida. A tardes en el patio mirando devotamente a mi mamá. Dejándome regalonear. A domingo silencioso y sin nada que hacer más que ser sorprendidos por algún terremoto. Ese lugar me devuelve a una época que viví de niño, pero estoy seguro que habría sido así como es ahora. Conmigo en una mesa con asientos de respaldos cubiertos con cuero falso. Cabemos cuatro, pero estoy solo. Mirando hacia la puerta. Viendo a los indecisos titubear antes de entrar o seguir su camino. Pensando en lo agradable que es estar ahí con mis pensamientos. Es domingo. Tengo resaca. No sé que año es, en realidad. 


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martes, abril 07, 2015

Poesía Trasnochada (IV)

Buscando el amor en el fondo de una botella.




Llego al bar,
El mismo cochino bar,
Y el garzón me pregunta
“lo mismo de siempre?”
“sí, por favor”,
le contesto.
Entonces
me trae una botella,
Cierro los ojos
y me la bebo toda.
Cada sorbo
quema menos que el anterior,
Y tú te ves más nítida.
Luego me tomas de la mano
Y me dices
al oído:
“Vete a casa,
Puede que hoy
sueñes conmigo”



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viernes, abril 03, 2015

El Único Escenario Final








Generalmente pensamos en las posibilidades como un espectro de situaciones que se abre hasta el infinito, pero es también una posibilidad que ese infinito de situaciones, no importa la opción que tomemos, nos puede llevar solo a un resultado. Algunos lo llaman destino. Yo prefiero bautizarlo como "el único escenario final". Porque el curso de nuestros actos no está guiado por una mano invisible, sino por el antojo de hacer lo que uno quiere. En este escenario, no importa lo que hagas o digas. El resultado siempre será el mismo. Es como insistir con una persona a lo que no le gustas o que no le interesas. Da lo mismo qué hagas. No importa si tomas el único camino a su corazón. A veces, las puertas simplemente están cerradas para ti. Y eso no es destino. Es la única opción que existe. Por suerte, eso no es lo que normalmente ocurre. Las posibilidades se abren y subsisten todas al mismo tiempo. Algunos piensan que elegir algo elimina el resto de las alternativas. Yo considero que dichas alternativas subsisten para cada uno. Y son las que le dan consistencia a los universos personales. Qué tal como el universo de todos, hasta cierto punto se expande. Llenado el gran vacío del infinito. Vemos nuestras vidas de un modo lineal. Que comienza con nuestro nacimiento o, si se quiere, en el momento en que podemos decidir por nosotros mismos, aunque no tengamos conciencia de aquello. Y concluye con nuestra inevitable muere. Que tampoco, normalmente, depende de nuestra voluntad. Así, nuestras decisiones son solo un producto en en gran estante de supermercado de nuestra existencia. Elegir una cosa en particular no implica que las demás desaparezcan. Tenemos la suerte en nuestro mundo físico, de que podemos volver a elegir. O, si queremos, podemos tomar todas las opciones que se nos ofrecen. 




Ahora, no elegir nada. No decidir, es en sí una elección. Optas por la inacción. Lo que no significa que no vaya a pasar nada. Porque nos creemos tan el centro de todo es que pensamos que la inacción implica que todo a nuestro alrededor se detenga, hasta que por fin hagamos algo. Pero la verdad es que siempre algo te va a sacar de ese letargo existencial. Y no lo vas a ver venir. Porque piensas que tú decides lo que pasa. Y, finalmente, lo que te pasa no es lo que tu quieres. Tu opción es tomarlo con resignación o sufrirlo. Yo he decidido recibir lo que pase con una buena actitud. Así, al menos, me queda la sensación de que en lo que mi respecta, estoy haciendo las cosas bien. 






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domingo, diciembre 28, 2014

Una Carta.


Yacíamos tendidos en la cama. Mirábamos el techo. ¿Y acaso había algo más que hacer? Tú me dijiste que esto tenía que terminar justo antes de que me tomaras de la mano y me llevaras a la habitación. Pero eso había sido hace rato ya. Ahora no sabías que decir y yo no tenía nada que responder de todos modos. Me miraste largamente. Como buscando algo que no estaba allí. Querías que dijera algo y a mí no se me ocurría nada. Sólo te miraba como buscando algo, también. Sonó tu teléfono, te levantaste, lo miraste, no contestaste, lo dejaste donde estaba y volviste a la cama conmigo. Me abrazaste y volvimos a nuestro juego de no decir nada. Nos invadió el sueño y nos dormimos. Abrazados. Como si nos quisiéramos. Pero no. Nunca llegamos a querernos. No al menos antes de que todo terminara. Desperté antes que tú, me vestí y salí. Caminé hasta la tienda y compré cosas para desayunar. Cuando volvía, me llamaste. Querías sabe dónde estaba. Pensaste que me había ido para siempre. Pero ya iba de vuelta. Subí. Llamé a tu puerta. No abriste. Insistí. No estabas. Me senté en el suelo a esperar. No quise llamarte. Pensé que habías ido por mí. Pasaron las horas y los vecinos que me miraban con cara rara. Te llamé y escuché tu teléfono repicar dentro. Dejé las bolsas en tu puerta y me fui a casa. No llamaste. Yo tampoco volví a llamar. Pasó el otoño y luego el invierno y nadie supo que fue del otro. Yo nunca dejé de pensar en ti. Cobardemente borré tu número. Supuse que era lo que se hacía en esos casos. Y supuse también que tú también lo hiciste con el mío. Llegó la primavera y te vi por casualidad en el mismo bar en que nos habíamos conocido hace ya dos veranos. Estabas con una amiga, supongo. Yo estaba solo, como casi siempre. Me viste, pero fue como si yo no estuviese allí. Decidí pagar e irme. Era una fría primavera, pero caminé a mi casa. Sentado en el sofá, fumé un cigarrillo y mientras se consumía, también se hacía cenizas mi secreta esperanza de que me llamaras o algo. Nada ocurrió. Así que mientras bebía una cerveza y veía una película, me dije que estaba bien así. Luego me fui a dormir. Solo, por supuesto.

Fui a una fiesta a la que no quería ir. Pero ya estaba allí y había gente agradable. Conversábamos cosas interesantes y una chica que no conocía, que venía llegando de Grecia o de Turquía, no recuerdo bien, me preguntó si te conocía. Le dije que sí, pero que hacía demasiado tiempo que no sabía nada de ti. Me contó que te habías ido del país a estudiar una especialidad en Suecia. No te imaginé hablando sueco, apenas hablabas inglés mejor que yo, lo que no es mucho. La chica me dijo que me vio esa noche en el bar. Tú también, evidentemente. Que hablaron de mí. Cosas buenas. Muy buenas, de hecho, dijo. No se me ocurrió qué. Me dijo que volvías el próximo invierno. Que si quería hablar contigo, podía darme tu número telefónico de Suecia. Me lo dio. Era un número raro. Tenía muchos cuatros. Intercalados entre otros números totalmente aleatorios. Inmemorizables. Lo guardé en la agenda de mi teléfono y le di las gracias. Nunca lo usé, de todas maneras. Luego alguien vino a hablarme y me excusé. Ella sonrió y dijo que me veía al rato. Me fui temprano, caminando, esperando que pasara un taxi, sin mucha suerte, hasta que uno se detuvo y tu amiga me invitó a subir. Dijo que iba a otra fiesta, si quería ir con ella, que no conocía mucha gente allí. “Yo menos”, le dije. “Mejor, así hablo contigo”, contestó. Llegamos a un lugar no muy lejos del centro. Era una casa oscura. La música sonaba moderadamente por sobre las conversaciones de los invitados. Me hice de una cerveza y me senté en un sofá hasta que vino tu amiga a hacerme compañía. Conversamos casi toda la noche. No hablamos de ti. Luego nos fuimos a mi departamento. Nos acostamos.

¿Recuerdas cuando me dijiste que las cosas no tienen por qué ser buenas o malas, que solo ocurren? Bueno, eso yo ya lo sabía. Nos vimos un tiempo con tu amiga hasta que un día decidimos estar juntos. Creí que deberías saberlo, aunque entiendo que ya lo sabías. Y que no te molestó. Cómo podría haberte molestado, en todo caso. Tu amiga y yo nos llevábamos bastante bien, hasta que un día me preguntó por ti. Le dije cómo te había conocido. Que no fue gran cosa, haberte conocido, y que a lo que tuvimos sólo le faltó un cierre. Ella opinó que yo tenía razón. No hablamos más de ti. El siguiente otoño decidimos vivir juntos. Me mudé con ella y dejé en arriendo mi departamento. Compramos un perro y lo llamamos Bobby. Un nombre común pero poco utilizado en estos tiempos. Un día ella me dijo que la habías llamado y me contó que al parecer te quedabas en Suecia, que habías conocido a alguien y te quedarías allá por él. Nos alegramos por ti e incluso brindamos. Esa noche decidimos tener un hijo. Y lo tuvimos. Ella eligió el nombre porque yo perdí la apuesta sobre si era niña o niño. De todos modos yo estuve de acuerdo con eso. Fue varón. Dicen que es igual a mí, por lo que no me molesta haber perdido la apuesta. Ella me dijo que tú también estuviste embarazada, pero lo perdiste. Nos dio mucha pena cuando nos enteramos (ella me cuenta todo). Pero me dijo también que de todas maneras eras feliz, que lo intentarías nuevamente. Ella está segura que todo saldrá bien esta vez. Yo pienso lo mismo. 

El día en que fuimos al funeral de su padre, ella no era capaz de articular palabra. Estuvo todo el día en silencio. No habló con nadie. Era como si el resto no existiéramos. No habló conmigo ni con nuestro hijo. Esa noche durmió donde su madre. Con su madre. Nosotros volvimos a casa y al día siguiente llegamos temprano para desayunar. Yo no sabía muy bien que hacer. Le compré flores a ella y a su madre. Unas lindas margaritas. Siempre he considerado que son flores que alegran. Creo que algo de efecto hicieron. Ella me sonrió. Abrazó a nuestro hijo cuando se las entregó. Luego me abrazó a mí y me dijo al oído, en un susurro, que me amaba. Fue raro. Nunca había sido tan feliz en mi vida. Siempre trato de recordar su voz en ese momento cuando tengo miedo. Cierro los ojos y todos mis demonios se van. Cuando volvimos a casa ese día, decidimos tener otro hijo. Esta vez yo gané la apuesta y la niña lleva un nombre que yo elegí. A ella pareció gustarle. Sé cuando le gustan las cosas que hago o digo, porque sus ojos sonríen antes de que lo haga su boca. He llegado a conocerla tan bien, que puedo incluso adelantar un abrazo si lo necesita. 

Vamos al parque los fines de semana, para que los niños jueguen y tomen algo de aire fresco. Nosotros llevamos libros, pero avanzamos muy poco, porque estamos muy pendientes de ellos. Ya sabes, porque te sucede con el tuyo, que no puedes quitarles el ojo ni por un momento, que es ahí cuando ocurren las cosas. Justo cuando dejas de ver, aparece el daño. Por suerte, nuestros hijos tienen cuatro ojos sobre ellos. De todas maneras, nunca me canso de mirarlos. Sólo dejo de hacerlo cuando estoy seguro de que ella lo está haciendo. Esos instantes los aprovecho para mirarla furtivamente. Hasta que ella se da cuenta y rápidamente vuelco mi atención en los niños. Parezco un adolescente enamorado. Sé que a ella le gusta eso. Lo de las miradas. Porque por el rabillo del ojo, la veo sonreír disimuladamente. Han pasado cuatro años y sigo sintiéndome igual con ella. No es algo que se pueda describir con facilidad, pero lo intentaré. ¿Te has fijado cuando las olas se recogen y una fina película de agua va quedando atrás, como esperando que la marea vuelva con su ímpetu, a llenarlo todo? Yo soy el agua que va quedando. La espero ansioso cada vez que se va, sólo porque necesito verla venir, corriendo, a abrazarme. Todos los días es igual. Cuando a mí ya no me queda nada para dar, ella viene y me llena con su existencia. 

Te estarás preguntando, por fin, por qué te cuento todo esto, precisamente a ti. Porque pienso que lo que tengo es gracias a ti. No sé qué hablaste con ella esa noche de primavera. Nunca me lo dijo. Pero creo que antes de que pasara todo, ella ya me quería y no podría ser por otra que por ti. Por eso quería darte las gracias. Por hacerme, sin saber, el regalo más grande que un hombre puede querer. Una gran mujer. Claro que yo puse de mi parte. Y sigo haciéndolo todos los días. Pero estoy seguro que tú diste el primer toque para que toda esta maquinaria, que algunos llaman destino, se pusiera en movimiento y funcionara a mi favor. 

Por eso te escribo. Porque las cosas ocurren sin ser buenas ni malas, y a veces uno equivoca su pensar, y tiene que reconocer que después de tanto tiempo haciendo el loco, algo bueno tenía que suceder. Por eso sigo recordándote, ahora más que nunca. Porque necesitaba agradecértelo. Porque aún te debo el desayuno.




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lunes, agosto 18, 2014

Amarillo.


Recuerdo días de sol sin gente en las calles. El tiempo detenido en las veredas. Yo pasaba y todo seguía donde estaba. Yo dormía y acaso soñaba y despertaba y todo seguía exactamente en el último lugar que recuerdo haberla visto. Pero sobre todo recuerdo el color de todo. Amarillo. Como el camino de vuelta a casa. Por entre las cortinas azules el amarillo de las mañanas y por entre las cortinas rojas el amarillo del atardecer. Y todo seguía tal cual. Recuerdo un par de veces en que salí a caminar y siempre terminaba en la casa pensando dónde diablos se había metido todo el mundo. Mi lucidez no entendía nada. Mi lucidez vagaba por la casa y se preguntaba dónde estaba yo. Mi lucidez paseaba por la ciudad buscando algo bueno que tomar. Mi lucidez se emborrachaba y era yo el que veía todo como una película muda. Era yo el que conducía de vuelta a casa preguntándose si ese puto sol amarillo sería lo primero o lo último que recordaría de aquellos días.

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martes, agosto 12, 2014

Venir de matar a alguien.




Hasta el botón de ascensor te parece algo que debe evitarse. Como a la gente de los pasillos. Llegas al subterráneo y sólo quieres salir del edificio. Buscas tu auto haciendo sonar la alarma y tienes esa extraña sensación de que algo no está en su lugar. Podría ser el lugar o podrías ser tú mismo.

Afuera, con la luz del sol, todo es igual de oscuro. Te gustaría pensar en tu familia, pero no tienes una familia en que pensar. Hasta tus padres dejaron de llamarte hace unos cinco años.

Te alejas del centro y te vas al bar de putas de siempre. Donde hasta los saludos cuestan algo. Eres el rey, por supuesto. Pagas por eso. Se te acerca una chica rubia que te aseguran ser mayor de edad, cuando te consta que no. “Podría ser tu hija”, piensas, mientras la manoseas de la única forma que crees debe hacerse. Como a la puta que es.

Sales borracho, una vez más, y subes a tu auto. Enciendes un cigarrillo mientras te quedas quieto para que el mundo deje de girar y puedas volver a casa, si es que le puedes llamar casa a ese departamento en el que vives, en el centro, “cerca de todo”, como decía el anuncio de la inmobiliaria.

Conduces, según tú, lentamente. Cautelosamente. Pero no ves como el mundo te hace el quite. Nunca ves como todos te evitan. Piensas que eso es bueno. Piensas que es respeto. Y el respeto es bueno. Tú nunca te imaginaste que en realidad lo que te tienen es miedo. Porque no eres una buena persona. Eres alguien peligroso. Y eres peligroso precisamente, porque no lo sabes. Y porque nadie te lo va a decir como yo te lo digo ahora. No me ves ¿cierto? Pero me oyes. Cada vez que te echas en tu único sofá y dejas el televisor puesto en cualquier canal, para no sentirte tan solo mientras bebes esos tragos caros y fuertes que no faltan en tu casa, yo estoy ahí. Esperando. Silencioso. Observante. Me confunden con la conciencia, pero no soy ella. Ella es mi gemela políticamente correcta. Yo no soy ella. Y se que soy lo único a lo que le temes.

Entras a tu departamento y todo esta tal cual como lo dejaste hace un par de días. Lo rancio del aire se entremezcla con tu tufo alcohólico. Pero tú no sientes nada. Eres malo. Y no lo sabes. Piensas que el respeto que te tienen es lo único y por eso debe cultivarse. Nadie te pondrá jamás el pie encima. Nadie te humillará. Todos deben necesitar de ti. Como tus padres, ahora. Pero ser amable es ser débil. Se alguien distinto del que ya eres, es perder. Tú no quieres eso.

Te mueves por la oscuridad de las habitaciones buscando a tientas una botella de algo para seguir bebiendo. Así es más fácil. Así duele menos. Porque el dolor es para los pequeños. No para ti. Pero te encuentras, entre la ropa sucia, los diarios y las botellas vacías del living, conmigo. Tus ojos se llenan de lágrimas, pero como no conoces la vergüenza, sólo te sientas a pesar como vas a hacer para sacarme de allí sin que nadie vea nada.

“En pedacitos”, susurro a tu oído y tus ojos se abren como si acabaras de tener una gran idea.

Ya sabes cómo resolverlo.


Lo que no sabes, es que yo no me voy a ningún lado, seguiré junto a ti esperando, silencioso, observante. No puedes esconderme, ni puedes esconderte de mí. No soy tu conciencia. Tú no tienes conciencia. Soy lo que no puedes evitar. Algunos me llaman “Vueltas de la vida” pero yo prefiero Venganza. Y soy honesto al decirte que la única oportunidad para arrepentirse es justo antes de hacerlo. Después de eso. Sabes que te espero. Lo que no sabes es dónde.



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